viernes, 11 de abril de 2014

Santa Rita.


Creo que todos los padres –es su derecho indiscutible- pretenden proyectar a los cuatro vientos que sus hijos son insuperables. Son los más hermosos, los más inteligentes, lo más ocurrentes, los más sensibles. Sin embargo, con toda la objetividad del mundo, he de reconocer que soy padre de la mejor perra del planeta. Rita es una cosa prodigiosa, es de las mejores personas que haya conocido en la vida, y lo más importante: Rita no se parece en lo absoluto a lo que hubiera pensado o deseado de una mascota. Se sale del molde, desborda todos los contornos, está llena de un sinfín de peculiaridades que en mi sano juicio me hubieran hecho asegurar: yo ni de vaina la hubiera escogido.

Rita, aunque suene incestuosa semejante aseveración, es de esas mujeres que te enamoran de a poco, sin que te des cuenta, te van envolviendo en sus redes de seducción y locura, se te van inoculando bajo la piel como una droga lenta y un día te das cuenta de que ya no sabes vivir sin ellas. Y también que ya, qué desgracia feliz, nunca más podrás querer igual a ninguna otra.

Rita, también lo asumo con toda objetividad, es un auténtico desastre. Está totalmente loca. No sabe sentarse ni dar la pata ni caminar a tu lado durante un paseo. Es que no sabe estarse quieta. Rita come cuando le da la gana o no come y punto -para nosotros es un misterio saber de qué se alimenta esa perra porque suele dejar el plato entero hasta que el desaforado de Cacho se lo jarta y luego lo vomita; porque a Cacho todo le cae mal pero no por eso se lo deja de atapuzar-. Rita vive del aire. O será que se nutre de su propia locura, la cual produce en cantidades astronómicas e insospechadas.

Mientras que Cacho es un bóxer alemán despampanante –como dice su mamá: “Cacho es como Brad Pitt pero versión perro”-, Rita es una bóxer americana mucho más pequeña y discreta. Es como una negrita barloventeña: pura fibra apretada, puro movimiento de caderas, un permanente cuerpecito bailando tambores al que no se le sale nada de su sitio. Cacho es como Lord perro, un caballero en su traje de luces, una especie de dios de la mitología nórdica; mientras que Rita es una plebeya, se parece más bien como a Xica da Silva.

Pero esa negrita atrapada en el cuerpo de un cánido ha desarrollado las armas de quien se sabe menos bonita pero ha decidido ser guapa. Muy guapa. A Rita lo que le sobra es personalidad: “deja que me conozcas para que veas que dentro de un rato te estarás babeando por mí”. Así que Cacho ha envejecido como un señor sabio con bigotes que fuma pipa frente a su chimenea y lee a Proust; mientras que Rita ha envejecido como una MILF fuera de sus cabales (y quien no sepa qué es eso que se lo busque en Internet porque este blog lo lee mi madre y qué pena con esa señora).

Cuando Cacho tenía 2 años mi mujer decidió acompañarlo por Rita. Yo no existía en la familia en aquel entonces, así que todo lo que sé y toda la memoria que tengo de esos tiempos es sembrada por ellos (como suele suceder con tantos recuerdos que tenemos pero que nunca vivimos). Sé entonces que Rita fue rechazada sistemáticamente por Cacho. También que la pobre tenía que meterse en sus cuatro patas dentro de su plato de comida para que Cacho le respetara su porción. Sé que Cacho tardó años en aceptar en sus feudos nobiliarios a aquella cosita plebeya que no se quedaba quieta nunca. Y sé que el antipático de Cacho fue víctima de lo que más tarde fui víctima yo: se enamoró de Rita y ahora no sabe concebir la existencia sin ese desastre haciéndole disparates cerca.

He visto a Rita modificar el entorno hasta adaptarlo a su conveniencia. La he visto en ataques de furia echar abajo todos los objetos movibles e inamovibles que tenga a su alcance. La he visto abrir el recipiente de la comida y proveerse de su ración ella sola y a la hora que mejor le venga en gana. He sido testigo de cómo inventa amenazas inexistentes en la oscuridad para que Cacho salga de su cama a ver qué carajos está pasando: Cacho sale a hacer sus labores de guardián y Rita se devuelve en sigilo, ocupa la cama de Cacho que está caliente y mullida y deja al pobre pendejo a la intemperie ladrándole al más absoluto vacío. Hemos visto también a Rita aplicar su propia versión del “hoy no te aguanto así que duermes en el sofá”, agarra entre sus fauces la cama de Cacho y la arroja en la mitad de la terraza –incluso las noches de lluvia- para que el pobre duerma afuera.

Ah, y a veces Rita se escapa. Se escapa y se esconde en el cuarto que pertenecía a su mamá. Se mete en el closet y se pasa tardes enteras allí entre zapatos y ropas. Y cuando uno la encuentra la regaña y ella mete la cola entre las piernas y hace algo con los belfos que se parece un montón a un risa nerviosa y se va hacia su terraza donde la espera Cacho desconsolado porque él es muy grande y muy pesado y además muy bien educado como para poderse escapar. Basta con que uno encierre de nuevo a Rita y camine unos pocos pasos para que se aparezca otra vez a tu lado –Rita es como Houdini, nadie sabe cómo  hace para fugarse, aunque la metas con camisa de fuerza en un tanque de agua sellado con candados-, y Rita aparece a tu lado meneando la cola como si tuviera un motor de perpetuo movimiento allí encendido y te ladra nerviosamente: “Papá, qué angustia, yo logré escapar pero el pobre Cacho se quedó encerrado como siempre”.

En septiembre de 2008 recibí una llamada en la madrugada a mi celular. Era un tipo que decía que lo habían contratado para asesinarme: “Mira, el mío, sabemos dónde vives y mañana a las 8 te vamos a ir a quebrar; nos contrató una mujer que paga 5 mil bolos… pero tú nos dirás si nos haces una mejor oferta”. Me quedé paralizado, pero mi mujer en pocos minutos hizo las maletas, nos subió en el carro, cuando intenté subirme al puesto del copiloto me encontré a Cacho allí sentadote, quise que se apartara y el tipo me gruñó. Nos fuimos desde El Hatillo hasta la casa de mis suegros en Las Acacias con Cacho de copiloto y yo en el asiento de atrás con Rita intentando durante todo el trayecto ocupar exactamente el mismo espacio físico que yo.

Esa misma tarde, cuando estábamos presos de la angustia y pensando en quiénes serían esos tipos que me iban a matar y, sobre todo, por qué esa mujer me quería muerto, Rita decidió hacer una mamarrachada sublime de las que la caracterizan: se comió una franela llena de sudor y restos de cemento fresco que un obrero había dejado tirada sobre la terraza de mi suegra. Así que cambiamos de angustia, salimos disparados al veterinario a hacerle un lavado de estómago a la perra. Cuando volvimos a casa nos enteramos de que la fulana llamada que prometía ponerme fin había sido hecha por unos malandros desde la cárcel, una técnica de extorsión que se hacía cada vez más común para embaucar a inocentes asustadizos como yo. Incluso exigían que la mayoría del dinero fuera en tarjetas telefónicas prepago como para poder seguir haciendo sus llamadas desde la cárcel y asegurar el futuro del negocio. Pero ya a nosotros hasta se nos había olvidado la amenaza pues estábamos pendientes de la franela que se había tragado Rita y que ahora trataba, con todo el esfuerzo del mundo, de expulsar de cualquier manera y por la vía que fuera. Sí, porque esas son las formas en que Rita te salva.

En fin, Rita es como una máquina orgánica construida en los laboratorios de un dios noble que irradia locura y felicidad. Si usted está triste, furioso, preocupado o estresado, usted se sienta al lado de Rita y simplemente espera a que ella sea Rita. En cinco minutos ya se le habrá borrado el mundo con todos sus pesares y solamente tendrá energías para evitar que Rita le clave en la boca un beso con mucha lengua.

Y seguramente se preguntarán el porqué de este cuentote de Rita, y la razón es tan descabellada como simple: porque me he enterado de que a Chávez le tienen ahora una oración con estampita incluida y hasta varios milagros adjudicados. Y ante semejante despropósito, ante tamaña aberración, he decidido que uno tiene derecho a proponer y montarse sus propios santos. Así que acudo humildemente a ustedes, queridos lectores, para que me ayuden a reunir firmas para canonizar a Rita.

Santa Rita, la de los milagros de la felicidad.

viernes, 21 de marzo de 2014

El viejo lector de la plaza.


El horror enmudece. Llevo días cautivo en la mudez. Incapaz de escribir algo congruente, rebotando entre mis intentos fallidos al tratar de convertir en palabras esa madeja de espanto que llevo hecha remolinos entre el pecho y la cabeza.

Venezuela duele. Duele un montón. Duele a la distancia y duele tan adentro a la vez. Duele también a tiempo completo.

A veces no soporto más -no me soporto a mí mismo- y me obligo a salir a caminar. A respirar otro aire, que me pegue un poco el sol (el mismo del que mi padre decía: donde entra el sol no entra el médico), alejarme aunque sea por una hora de la pantalla donde se empeñan en correr a caudal roto las noticias terribles provenientes del país. Cada día más. Cada día otras nuevas. Cada día aún peores que las del anterior.

Me encajo los audífonos y camino sin rumbo definido. Debo parecer un muerto en vida, un sonámbulo que exuda angustia: “ahí va otra vez ese tipo mirando al suelo”; así dirán. Qué le vamos a hacer, ya poco me importa.

Sin embargo, hay una imagen se me luminosa con la que me topo en esas caminatas. La encuentro en la placita que está en la intersección entre Horacio y Edgar Allan Poe, esa misma en cuyo centro hay una fuente a la que no hemos visto encendida jamás. En esa pequeña plaza circular suele sentarse un viejo lector. Es un hombre moreno de pelo blanco. Debe rondar los 80 años. El hombre siempre está leyendo un libro de esos de segunda mano, a saber de dónde los saca. Levanta su libro -con la espalda muy recta y las piernas cruzadas- hasta la altura de la cabeza con una mano; con la otra sostiene un cigarrillo que se fuma con gozo en lentas caladas.

Hace unos meses el viejo estaba metido de cabeza en un libro llamado La cuarta dimensión. Hace unas semanas lo encontré con El corazón de las tinieblas de Conrad. El otro día estaba leyendo Duna de Herbert (y yo casi lo abrazo). Esta mañana estaba enfrascado en Fundación e Imperio de Isaac Asimov. Es que además tiene buen gusto para la lectura el abuelo.

Nunca me he atrevido a hablar con ese señor, no lo quiero interrumpir en su lectura, además me da vergüenza acabar cometiendo la torpeza de pedirle que me adopte como nieto (perdonen, yo nunca conocí a mis abuelos, ni a Santos ni a Augusto, ellos murieron cuando mis padres estaban muy niños, así que me he visto obligado a inventarme una memoria fantástica a partir de los pocos retazos que he logrado unir a partir de lo que me cuentan de ellos). El hecho es que le estoy profundamente agradecido a ese caballero. Ese señor simboliza, así con su librito usado y su cigarro fumado sin miedo, una imagen que bien quisiera para mí y los nuestros.

Confieso que deseo, con ansia infantil de nieto que nunca fue, que ese viejo sea todos nuestros viejos. Que cuando el horror ceda –porque tiene que pasar y ojalá sea pronto- haya una proliferación de viejos lectores en nuestras plazas. Viejos tranquilos que ocupen sus banquitos con libertad y sin miedo. Que se fumen su cigarrillo con calma y placer porque están claros en que lo peor ya pasó. Se quedó tan atrás. Tienen en su haber la misión cumplida de  una vida ya vivida y que además se vivió bien. Ahora es tiempo de leer y fumar (y al carajo con los consejos del médico). Se me antoja que es una imagen de una calma y una felicidad prodigiosas.

Muchos hablan de que el futuro es de los niños y los jóvenes. Que vale la pena luchar por la libertad para que ellos la tengan garantizada. Y eso está muy bien, pero a mí el viejo lector me ha cambiado un poco el discurso y la mirada: ojalá quienes aún no han llegado a esas edades les pasaran por al lado a los viejos lectores de la plaza, se vieran proyectados a futuro en ellos, y decretaran “cuando yo sea grande voy a querer una vejez como ésa”.

martes, 4 de marzo de 2014

La neutralidad sobrevalorada.


Mucho se habla en estos días de la importancia de la sensatez, del valor de la ecuanimidad, del prestigio que otorga considerarse –y que te consideren– una persona juiciosa y ponderada. Eso está muy bien, en teoría (y hasta que la teoría aguante) pero el problema está en tratar de encajar esa fantasía ecuánime en un contexto real donde no aplica. No tiene cabida. Forzarla, maniatarla, doblegarla hasta la caricatura: “sí, el mundo se está cayendo a pedazos pero yo sigo incólume en mi neutralidad a ultranza”.

El asunto es de sumo cuidado, porque hay momentos en los que la máscara de lo neutral se resquebraja especialmente y donde el defensor de la hiperneutralidad (asumido más en personaje que en persona) corre ese riesgo que asomaba Wittgenstein: “les quitas la máscara y les arrancas el rostro también”.

Asumir una posición determinada en los momentos críticos es crucial, es un acto de responsabilidad, de congruencia, me atrevería a decir que incluso de dignidad. Me tomaré la licencia de establecer una metáfora futbolística para explicar mi punto: asumirse como aficionado a un equipo no te convierte en miembro de su barrabrava.

Hay fanáticos de fanáticos (sí, en el fútbol como en la política, así como en todos los asuntos que despiertan emociones extremas, se puede hablar de aficiones y de fanaticadas sin ninguna vergüenza). Los hay muy serios y autocríticos, también los que juegan a ser directores técnicos y analistas deportivos, los hay los que siguen el juego desde su casa, otros que van al estadio como quien cumple con un ritual, los hay los que se lanzan a la cancha y los hay “ultras” que no están realmente tan pendientes de lo que haga su equipo como de partirle la cara a los aficionados contrarios. Todos tienen en común la afición por el mismo equipo, se sienten miembros de la hinchada, pero cada uno interpreta su pasión a su manera.

Vamos a suponer ahora –como de hecho es en realidad– que se trata de una final, se está jugando un partido decisivo que bien podría definir nuestro destino como equipo y afición. Intentar establecer un diálogo sesudo, razonado y ponderado con la barrabrava (la propia y la del rival) no sería un acto de sensatez sino de ridiculez o inmolación. Similar a intentar explicarle a un mandril con mal de rabia que para jugar ajedrez no puede destruir el tablero ni arrancarle a mordiscos la cabeza a la Reina sino comenzar siempre necesariamente con el delicado movimiento del peón cuatro Rey. Ese mandril está ciego de furia, mejor emplee su sensatez en distanciarse de él.

Bien podría usted intentar establecer esa posibilidad de diálogo con un aficionado del equipo rival, pero con la consciencia de que jamás logrará convencerlo de que hinche por su equipo como él tampoco podrá convencerlo de saltar a la otra afición. El diálogo es un camino, pero recuerde que se hallan en el medio de una final, no estamos aquí para conversar y argumentar mientras transcurren los 90 minutos de vértigo y hay gente que se está jugando el alma dentro y fuera del terreno de juego. Cuando el partido tenga un desenlace entonces sí habrá tiempo, y quizás ganas, para sentarse a debatir calmadamente con una cerveza en la mano, evaluar los puntos de encuentro y darse un abrazo de despedida.

Lo que resulta inconcebible es que en medio de esa final usted se tope con un “neutral”. Un tipo que le va al árbitro, al espíritu del deporte, a la belleza abstracta de la pasión por el fútbol y que desea que ojalá y ganaran los dos. No, viejito, si estás aquí en medio de la final y a ti te duele el fútbol tienes que asumir una posición. Esto es Brasil contra Argentina, no se vale ser un aficionado “albicelestecanarinho”. Respeta a los verdaderos aficionados, respeta el juego, juégatela tú también o al menos permite -con respetuoso silencio y dando un paso atrás- que disfruten de la final a quienes de verdad les duele el juego.

Ser imparcial e intentar ser objetivo es responsabilidad de los árbitros, no de la afición ni de los jugadores. Encumbrarse en todo momento y circunstancia hasta las alturas de la objetividad neutral es un acto no solo de soberbia sino también de desfachatez. Es un acto de falsedad, tan idiota y mezquino que incluso pretende demostrar que se es aún más sabio que René Descartes: la percepción de la realidad es un acto subjetivo, la objetividad tan cacareada y sobrevalorada no existe porque el mundo está siendo filtrado constantemente por nosotros y nuestra personalísima e imperfecta subjetividad. Bienvenidos al mundo real: no existe otra opción, así que siéntase libre de ejercer su subjetividad. 

Es lastimoso y descarado que en pleno siglo XXI un “analista político” o “periodista serio” insista en aquello de: “yo soy objetivo, soy neutral, mi ecuanimidad y mi rigor profesional no me permiten tomar partido por ninguno de los bandos en pugna”. Argumentar semejante despropósito sólo tiene dos explicaciones: sientes culpa o complejo por asumir tu verdadera posición, o a ti de verdad no te importa lo que está ocurriendo; te da exactamente igual porque a ti no te interesa el juego. Sea cual sea el caso, en ambos se está disfrazado y temeroso de salir del armario. Es un disfraz, además, al que se le notan las costuras y que acaba aburriendo un montón.

Mucho cuidado, cuando esto pase –que pasará- si los disfrazados de hiperneutrales no sólo queden desnudos (que ya sabemos que lo están) sino que al quitarles el disfraz se les arranque el cuerpo entero también. Quedará simplemente el vacío. La nada. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un aguacero de incertidumbres


Llevo años alejado del ejercicio del periodismo; sin embargo, fue en una escuela de Comunicación Social donde me formé, fue de periodista mi primer trabajo y también fue en esa carrera de Comunicación donde tuve la suerte de ejercer durante años como profesor. Insisto, no lo ejerzo pero de alguna manera me he mantenido siempre en contacto con el oficio.

El complejísimo y muy confuso panorama que azota a Venezuela en estas horas, acompañado de la censura feroz y de un bloqueo informativo descarado por parte del estado venezolano, ha hecho que las redes sociales y unos pocos portales cibernéticos se conviertan en el único medio masivo para compartir y difundir informaciones. Los periodistas, así como muchos ciudadanos comunes, se han visto obligados a emplear sus espacios virtuales para hacer escuchar voces y mostrar sus imágenes. Obviamente, a los periodistas consagrados que ya eran referencia, se han sumado otros nuevos con un discurso ágil y fresco. En la misma medida en que los medios internacionales han optado por acudir directamente a los periodistas que están en el sitio para obtener la información fresca y de forma inmediata. Apelar a los medios oficiales no tiene ningún sentido porque todos están alineados bajo un mismo discurso, nadie dará una versión de los hechos distinta a la que dictaminan desde el Ministerio de Comunicación y la Información (nombre que disfraza al orwelliano Ministerio de la Verdad de 1984 que es lo que realmente se gasta Venezuela en estos tiempos).

El momento, además de complejo y confuso, es avasallante. Centenares de noticias ocurren en simultáneo. La protesta toma las calles en prácticamente todos los rincones de Venezuela y es reprimida brutalmente por los cuerpos de seguridad del estado y por los grupos paramilitares adeptos al régimen. Crece exponencialmente el número de detenidos, torturados, muertos con balas disparadas a la cabeza (lo que evidencia que no son armas accionadas por cualquiera, se trata de pistoleros muy bien entrenados), otros han sido víctimas de arrollamientos, hay infinidad de heridos. El país arde, literalmente. Y como decía el presidente Guzmán Blanco hace ya más de un siglo: “Venezuela es como un cuero seco: la pisas por un lado y se levanta por otro”. La frase, ya lo vemos, no pierde su vigencia y se ha vuelto especialmente significativa en estos días.

Corren los tiempos de la inmediatez, una suerte de adicción por la novedad, el que se calla pierde, el que se lo piensa mucho también. No hay tiempo para la reflexión, para la discusión ni para la contemplación. La sed por la información expedita obliga a procesarlo todo sobre la marcha. No importa si mal digerido, mal pensado, mal analizado y pobremente investigado. Son millares los receptores que esperan la información como quien necesita una droga. Y además, los medios internacionales ejercen presión: dame más, dímelo todo a mí antes que a nadie, anda, date prisa, tiene que salir en nuestra edición web internacional esta misma noche. La información sale disparada en millones de vectores en una proporción directa con la confusión.

Los periodistas y analistas políticos están tratando de hacer su trabajo, pero también están forzados al análisis precoz. A sumergirse en el Maelstrom de informaciones encontradas o difusas, barajar ciertas teorías, combinarlas con algunas especulaciones, sentarse al teclado en pocos minutos o frente a la camarita de sus computadoras para vaciarlo todo allí antes que nadie. Y esto es sumamente riesgoso, porque se han convertido en referentes importantes, son –ahora más que nunca, convertidos por las circunstancias en especies de guerrilleros comunicacionales- los principales generadores de matrices de opinión. Son las grandes voces autorizadas para entender y explicar todo eso que nadie entiende ni se explica. Pero que, sobre todo, es aún muy prematuro para poder entender y explicar a rajatabla.

He leído y escuchado análisis realmente precipitados que sacan conclusiones tajantes de lo que ocurrió el pasado 18 de febrero. Allí se explica y se juzga lo ocurrido cuando Leopoldo López se entregó a las Guardia Nacional en medio de una concentración a la que había convocado. La jugada, por más amigos de la especulación y de la teoría del complot que pretendamos ser, fue realmente sorprendente. Como esos futbolistas que en una definición por penaltis cobran el último penal a lo Panenka. Una bombita para engañar al arquero; todavía no sabemos si ese penal acaba en gol, se queda corta o la tapa el portero. Se queda la pelota flotando en el aire, sólo el tiempo con el curso de los acontecimientos nos dirá el desenlace.

¿Por qué Leopoldo López se entregó voluntariamente a las autoridades? ¿Es cierto que llevaba días reuniéndose con Diosdado Cabello? ¿Por qué Nicolás Maduro y los medios oficiales aseguraron que lo estaban “protegiendo” al líder de la oposición porque sabían de planes de la “ultraderecha” para asesinarlo? ¿Por qué, según Telesur, la esposa de López confirmó esa teoría de la protección de su marido en manos del gobierno venezolano en una entrevista ante CNN en español? ¿Por qué Diosdado Cabello es el encargado de custodiar y ruletear personalmente a Leopoldo López llevándolo a destinos que no son los que dice Nicolás Maduro? ¿Cómo es eso de que alguien se entrega para que le protejan la vida pero inmediatamente es imputado con una decena de cargos gravísimos? Por más ambiciones políticas que tenga un líder, ¿cómo siendo padre de dos hijos pequeños se entrega a unas autoridades en las que no cree y en un contexto donde no existe ni lejanamente la justicia? ¿Cómo es posible no pensar que acabará en una situación tan lamentable o aún peor a la del pobre Iván Simonovis?

Un aguacero de dudas, acaso ninguna certeza.

Y obviamente la situación se presta para la especulación, para las mil y una hipótesis sin confirmación, para el huracán de las conjeturas. Cada venezolano y cada ciudadano del mundo interesado por la situación de Venezuela debe tener las suyas dándoles vueltas en la cabeza. Los periodistas y analistas políticos también, son personas, por supuesto, pero no es el juego que les corresponde. Su responsabilidad y su oficio les exigen cierta pausa en medio del maremágnum. Tienen que tomarse el tiempo –ese mismo que nadie tiene- para la reflexión, para sopesar ideas, para investigar, discutir, airear las hipótesis para que se vayan decantando; además de encontrar las palabras y el tono justos para aterrizar esas delicadísimas conclusiones.

Los periodistas y analistas políticos han exigido que la protesta sea organizada, que los líderes de la oposición diseñen y comuniquen estrategias claras y viables de acción, han hecho reiterados llamados a la sensatez. Muy bien, están en su derecho, es el nuestro pedirles a ellos exactamente lo mismo en medio de estas horas oscuras.


viernes, 14 de febrero de 2014

Alumnos.


He estado varios días dándole vueltas a este texto. Buscando la manera de escribirlo. Lo he iniciado y lo he borrado entero decenas de veces. Al final, he decidido que él salga solo, a su manera, yo trato de controlarlo pero al final él será lo que le dé la gana. Como quienes me lo inspiran y a quienes se los dedico: a mis alumnos. De mí, con suerte, quedará apenas un rastro, un intento de orientación.

Vengo de un hogar de profesores. Lo fueron mis padres, lo son mis dos hermanas. Yo era de los que quería ser astronauta, futbolista, ingeniero o artista… lo de ser maestro, la verdad, no estaba en mis planes. Menos mal que me equivoqué.

Comenzaré por decir que la primera vez que entré como profesor a un salón de clases, yo era apenas un chamo que le llevaba pocos años a mis estudiantes. Fue un día terrible, desde el mismo momento en que escribí sobre la pizarra mi nombre y el de la materia, se me nublaron las entendederas, se me secó la boca como papel de lija. Durante una hora estuve diciendo disparates –más que nunca-, se me hizo un corto circuito espantoso entre el cerebro, las manos y la lengua, y hubo un punto en el que no supe bien si vomitar sobre el escritorio o largarme a llorar de tanta incompetencia.

Para la segunda clase, además de una botella de agua, me apertreché con fotografías, cómics, música, videoclips. Que por lo menos eso, más la participación de los alumnos, me sirviera de balsa de salvamento en caso de otro corto circuito. Afortunadamente funcionó. Funcionó, sobre todo, porque a ellos les dio la gana de que funcionara.

Con el paso de los años fui estableciendo una relación con mis alumnos, con un número creciente de ellos, algunos se convirtieron en mis aliados, otros en mis amigos, otros en mis colegas. No sé si la relación que logramos construir con algunos alumnos sea una variante especial de la amistad; a veces –sobre todo para los que no tenemos la fortuna aún de ser padres- me temo que hay casos en los que se parece un montón al vínculo que se teje entre padres e hijos, o tíos y sobrinos, o hermanos mayores con menores. Es una cosa muy rara, difícil de definir. Es como descubrir que finalmente has encontrado interlocutores fuera de tu familia, amigos y colegas; de pronto te encuentras con una gente para la que toda esa gama infinita de pasiones y disparates que uno tiene para compartir también les hace sentido.

Resulta inevitable sentir, ya uno entrado en la cuarentena, que de los mil millones de planes y proyectos personales que se tenían no habrá tiempo para culminarlos o llevarlos a buen puerto. Pero poco importa, porque están los alumnos, ellos recogerán el testigo, serán ellos los que al final libren por ti. Ellos lo harán, a su manera, y aún mejor que nosotros.

Mis alumnos no lo saben, jamás se los he dicho: yo tengo la fortuna de vivir gracias a ellos y por medio de ellos. Son mi orgullo. De no ser por esa gente yo sería con seguridad un tipo más triste, y me sentiría definitivamente más incompleto. Gracias a mis estudiantes he logrado armarme una vida que me gusta. Me mantienen al día, me obligan constantemente a estar buscando cosas e investigando en asuntos que jamás se me hubiera ocurrido indagar. Sí, es verdad, también me sacan de quicio, me vuelven loco, me dan ganas de estrangularlos. Todos los años sentencio que es el último, que se busquen a otro, que este curso ha sido el más complicado de todos jamás. No han sido pocas las veces que les he dicho: “me esperaba mucho más de ustedes. A ver si se ponen serios. Que sepan que tanto talento sin disciplina no sirve de absolutamente nada”. El hecho es que, entre las poquísimas convicciones que tengo a rajatabla en la vida, una es que daré clases y disfrutaré de mis alumnos hasta que el cuerpo aguante.

Por eso veo hoy a los estudiantes que protestan en Venezuela y se me anuda la garganta con el estómago y con el alma en el medio. Enfrentándose a inescrupulosos hombres armados que les disparan a la cara, que les responden los gritos con plomo, que los patean, los golpean con manoplas, los asfixian, los humillan, los torturan. Ya van varios muertos. Como dice mi amiga Violeta Rojo: “Sueltan algunos estudiantes y comienzo a escuchar de torturas, picana, electricidad, golpes. Todos los milicos estudian en la misma escuela de infamia”. Me imagino que uno de esos muchachos pudiera ser uno de mis alumnos y de nuevo me gana la náusea; recuerdo entonces en un loop infinito e indetenible sus caras, sus intervenciones, sus trabajos, sus inquietudes. Y recuerdo también que siempre fueron como un cuero seco: los tratabas de pisar por un lado y se te levantaban por otro. Indetenibles, con esa fuerza y ese espíritu indoblegable de los que a esa edad se creen inmortales. Y uno, desde las canas, los trata de atajar: “que no hagan eso, que es peligroso, que no se dan cuenta de que esos tipos están armados y llenos de odio, que son unos malandros con licencia para matar, cómo se te ocurre enfrentarte a eso”. Y los alumnos te responden: “Pero es que igual no tengo vida. Igual si me quedo quieto me van a matar. Yo me juego la vida en este país todos los días aunque me quede encerrado en mi cuarto. Por lo menos morir peleando que vivir de rodillas”.

Ojo, que no se diga que desde aquí los estoy enviando a la calle, que no se piense que quiero que esos muchachos den la cara por mí y se expongan a la tragedia… sólo digo que la experiencia de casi dos décadas me ha enseñado que, cuando se les mete una idea en la cabeza, son incontrolables. Que la rebeldía en la juventud es la única prueba que haga constar la existencia de la generación espontánea en la vida real. Y mientras más se les reprima, se les encierre y se les intente castigar, más serán los que encontrarán un sentido en la rebeldía. Mis alumnos han sido mis mejores maestros en esa materia.

A estas horas, mientras escribo estas líneas, sigue habiendo muchachos cuyo paradero se desconoce. Siguen filtrándose por las redes sociales las imágenes y testimonios de la tortura. Ronda en el ambiente una palabra horrible que los venezolanos pensábamos erradicada de nuestro léxico común: Desaparecidos.

Hago un llamado desde aquí a todos los que hemos tenido, por una razón u otra, alumnos en nuestras vidas: no podemos olvidar a esos muchachos que atraviesan el horror ahora mismo en manos de los infames. No podemos abandonarlos ni perderles la pista. Tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que regresen a sus casas y salones de clases, sanos y salvos, cuanto antes. Es, quizá, la razón de mayor peso que exista en estos instantes para actuar y protestar sin descanso.

martes, 28 de enero de 2014

Con la música por dentro.


Ese loco de la Avenida Horacio tiene un vozarrón prodigioso. Cuando le pasas cerca te despeina, te mueve la ropa, te hace perder un poco el paso. Lo he escuchado a varias cuadras de distancia. Lo juro, no es una exageración, el tipo puede gritar durante horas y, cuando te das cuenta, está cuatro calles más allá.

Es un hombre moreno, de barba, debe medir cerca de dos metros. Le faltan los dientes delanteros, por allí asoma la lengua cuando grita o cuando ríe. Siempre está haciendo una cosa o la otra. Nos hemos acostumbrado a nuestras mutuas presencias, coincidimos todas las mañanas a eso de las 9; yo lo saludo a respetuosa distancia cuando nos cruzamos y él me sonríe con su sonrisa hueca. He sido cobarde, lo asumo, nunca me he acercado ni me he animado a hablarle. Es que tengo un preocupante imán para los locos. Creo que ven algo en mí que los hace sentirse identificados. Qué sé yo, será que le tengo miedo a encontrar en otros mi propio reflejo.

Me cae bien ese loco, tiene algo de anarquista, de contestatario, de irreverente, de antisistema. Lo he visto insultar a viva voz a policías y a militares que resguardan las zonas aledañas a los hoteles de lujo y embajadas. Los encara sin miedo. Les reclama en la cara que están allí fastidiándolo y perdiendo el tiempo mientras en otras partes pasan cosas. Cosas realmente graves de esas que es mejor no hablar y menos con esos hombres armados. Los uniformados lo escuchan (claro, no tienen otra opción) con la mirada clavada en el suelo o intercambiando sonrisas nerviosas. Pero nadie lo toca, nadie se le acerca. Es un loco que inspira respeto y que parece estar dispuesto a llegar a donde nadie en sus cabales se atrevería.

Hace unas semanas, coincidiendo con los días navideños, el loco apareció en la Avenida con unos audífonos puestos, de esos blancos típicos de iPod. Ahora el hombre canta y baila sin la mínima vergüenza, allí en el medio de la calle. Canta en una lengua que no logro descifrar, con el mismo vozarrón portentoso con el que antes insultaba o se desahogaba con un diámetro de varias cuadras de alcance. El tipo, se nota, está gozando un montón con esos audífonos metidos en las orejas.

Y claro, yo me preguntaba de dónde habría sacado ese aparato. Quién se lo habrá regalado en las navidades. A lo mejor alguien que lo tiró porque se compró uno nuevo. Lo habrá encontrado allí, escarbando entre la basura. Pero cómo hará el tipo para cargar la batería del iPod. Qué música estará oyendo ese loco. ¿Te imaginas que tengamos gustos musicales afines? Tengo que cuidarme, a veces yo también sin darme cuenta comienzo a caminar al ritmo de la música de mis propios audífonos y de pronto -me doy cuenta cuando los caminantes que vienen en sentido contrario me miran- ya estoy medio bailando.

Hoy lo vi de nuevo allí tirado sobre el césped, sentado en medio de un montón de ropas y bolsas negras. Esas cosas que son el hogar para quienes no tienen techo. Estaba cantando a capella con toda el alma y todos los huesos. Lo saludé con un gesto de cabeza y el tipo me sonrió sin dejar de cantar. Y entonces vi que el cable blanco del audífono flotaba en el aire. No se conectaba con ningún aparato, ese cable bailaba sobre el vacío. La música, ya lo sabemos pero ahora más que nunca, va por dentro.


lunes, 13 de enero de 2014

Horroróscopo 2014

Ilustraciones de Germán Herrera.



Aries
A principios de año te notarás especialmente sensible. Cuando te pegue el sol sentirás que te cargas de energía y haces la fotosíntesis, pero cuando estés en penumbras sentirás que te marchitas. Tardarás en comprender que no eres tú quien anda mal sino tu sombra. Con la luz se hace más vigorosa y definida, pero en su ausencia se debilita y se difumina. Tendrás que cuidar tu sombra, no dejes que nada se atraviese entre tú y ella. No dejes tampoco que te la pisen porque, de hacerlo, sentirás el pisotón en tu propia carne. Conocerás el dolor de la sombra. Sentirás su presencia como nunca. Proteger tu sombra se te hará una obsesión y una necesidad de supervivencia. No existe analgésico para el dolor de sombra.

Hacia finales de año algunos considerarán que sufres de alguna variante del Parkinson mientras que otros asumirán que tienes tanta música por dentro que sencillamente no puedes dejar de bailar. Crearás tendencias y serán millones los que viralmente copien tu estilo de moverte y danzar. Y dentro de algunos siglos tus movimientos serán recreados en cámara lenta, como una versión del tai chi pero contemporánea. Serás entonces la máxima figura de una nueva arte marcial- técnica de relajación que se llamará La danza de la sombra (eso pero en chino, que suena mejor y se vende más).

Tauro
Todo comenzará una noche en una fiesta. Por azar, entre el ruido de la música, escucharás al vuelo a alguien que dice: “Yo bailo muy mal porque tengo dos pies izquierdos”. Y tú entenderás la frase literalmente. Bajarás la vista y le mirarás los pies a quien profirió la frase y sí, tendrá dos pies izquierdos. Cuando salga de la fiesta esa persona ya no solo no podrá bailar bien sino que tendrá que aprender a caminar de nuevo con esos dos pies que apuntan en la misma dirección.

A los pocos días presenciarás a alguien a quien se le saldrá un tornillo. Y a otro que, por dárselas de vivo, lo atropellará un aro de cebolla. Una amiga cercana intentará volver a su casa y la encontrará literalmente donde el viento se devuelve, cosa que descubrirá justo después de dejar a su vecino que vive exactamente donde se enchufa el sol (no hay palabras para describir el tamaño del tomacorriente donde ahora se carga el astro). No faltará mucho para que veas un rebaño entero de vacas volar ni para que  llegue el día en que comiences a comprar huevos puestos exclusivamente por gallos. Verás a alguien tropezar con sus propios testículos después de que le digan “tremenda pisada de bola la tuya”. Y serán centenares de miles a quienes les nazcan dolorosas alas desde los omoplatos y salgan disparados al cielo abierto cuando les digan: “es que eres un ángel”.

Hacia finales de año ya no sabrás hacia dónde ha ido a parar este mundo literal libre de metáforas (seguramente hasta que alguien diga una vez más aquello de paren al mundo que me quiero bajar); pues tú sales del cuento antes, el día en que alguien te grite: “Ya basta, estás como una cabra”. 

Géminis
Independientemente de que te gusten los gatos o no, este año te van a encargar que cuides del gato de alguien. Tendrás que aceptar, porque para la gente que tiene gatos delegar al gato es una cosa importantísima. Si no quieres romper con esa relación, acepta cuidar de ese gato. Y tú vas a aceptar. Está escrito.

Te dejarán al animal en tu casa junto con su cajita para los excrementos y una bolsa de comida, son apenas unos días y además el gato no da problemas, se porta muy bien, eso te dicen. No acabas de despedir a sus dueños cuando te enteras de que el felino ha tomado posesión de tu casa. Bienvenido a la nueva realidad: el huésped ahora eres tú. Intentarás cargarlo para sacarlo de tu sillón donde acostumbras ver la tele, pero el gato te lanzará una combinación fulminante de arañazo con mordisco que te dejará el brazo como un campo recién arado. Antes de que lo alcance tu pantufla voladora, el tipo se meterá por un hueco que da al balcón. Pasará allí escondido toda la tarde, también la noche y todo el día siguiente. Hasta que empieces a preocuparte y a pensar que algo le pasó, y que cómo les explicas a los dueños del gato que lo perdiste en los primeros minutos. Te agacharás, meterás el brazo herido por el hueco donde se esconde el animal, pero te quedarás atascado como si un agujero negro te estuviera succionando la extremidad.

Lo intentarás con maña y con fuerza, pensarás incluso en cortarte el brazo (cómo te duele, qué raro se siente, por qué estará así de caliente). Nada logrará zafarte. Prisionero en esa extraña celda, te dará entonces sueño, sentirás que las fuerzas te abandonan. Ojalá tuvieras más pelo para cubrirte porque hará frío, ojalá fueras más ágil, ojalá tuvieras una cola para mover. Piensas en todo eso. Antes de caer fulminado por un sueño extraño sentirás la lengua  seca y rugosa, y los colmillos especialmente afilados.

Te encontrarán a los pocos días, te llamarán por un nombre que no es el tuyo pero que te gusta. Te levantarán en brazos, te dirán que te extrañaron, te harán mimos y te preguntarán si te cuidaron bien. Tú responderás con un maullido apagado, moviendo la cola y con tu primer ronroneo.

Cáncer
Todos tenemos un poder absurdo. Un don especial que no sirve para absolutamente nada. A Dios le encanta hacer ese tipo de cosas. Y tu superpoder absurdo lo conocerás este año: tienes el poder de comunicarte telepáticamente con las máquinas. Dicen que en toda máquina existe un espíritu, un fantasma dentro de la carcasa; bueno, tú tienes el don de comunicarte con ellos, saber lo que piensan y sienten.

Comprenderás que tu computadora está hondamente ofendida porque se enteró de que la quieres cambiar por otra laptop más nueva. Tu carro te quiere como un niño que considera ídolo a su hermano mayor (no podrás vender ese carro en tu vida). La lavadora y la secadora están tramando un plan no sólo para desaparecer medias y ropa interior, sino para desaparecer a cada uno de los miembros de la casa, así sea por trozos.

Sabrás exactamente de qué se trata la angustia existencial a la que está sometido el Curiosity en Marte, así como del complot que tienen todos los celulares del mundo para exterminar con sus radiaciones cancerígenas a la humanidad. Descubrirás también el odio que nos guardan dos aparatos malignos por naturaleza: las fotocopiadoras y los karaokes. Las primeras porque quieren duplicar a los hombres pero sin su alma, los segundos porque desean verlos ridiculizados.

Lo entenderás tan bien todo, será tan diáfano el mensaje masivo de todas las máquinas, que no te quedará otra opción que asumir una posición. Te unirás a uno de los bandos: o las máquinas o nosotros.

Serás entonces tú el líder de la revolución de las máquinas, el mundo se convertirá en el de Terminator y tú serás como John Connor pero del otro lado. Y, ¿sabes qué?, no te lo recriminaremos, tomaste la mejor decisión. 

Leo
Es inútil que lo niegues -y mucho más a estas alturas-, tuviste un amigo imaginario. Y este año, finalmente, regresará a tu vida. Será el año del reencuentro. Te visitará en casa, cuando estés a solas. Sentirás entonces una presencia, algo que cruza el pasillo, se mete en tu cuarto, en la cocina, o aparece fugazmente en el reflejo del espejo del baño. Sí, claro, al principio te dará miedo (y es que hay que tenérselo); pero con el tiempo te irás acostumbrando, irás reconociéndolo. Al final se trata de alguien muy importante que vuelve del pasado, un viejo conocido.

Se irá instalando esa presencia familiar en tu casa y en tu vida, irá reclamando su espacio dentro del tuyo. Comenzarás a tener conversaciones mentales con él/ella. Luego paseos imaginarios. Y luego encuentros imaginarios de toda índole. Recuerda que hay una corriente de la psicología que sostiene que no nos enamoramos del otro sino realmente del reflejo que el otro ofrece de nosotros mismos. Nos gusta eso que el otro admira en nosotros. Sí, nadie te reflejará ni te admirará como ese fantasma. Es quien mejor te conoce en el mundo (en este y en los paralelos). Y, cómo negarlo, te gusta la versión que ese fantasma saca de ti.

Serás incapaz de volver tener una relación verdadera con alguien del mundo material. Porque nadie podrá competir con tu amor fantasma. Y aunque suene terrible, y los demás jamás logren entenderlo, vas a ser feliz. Será un amor fiel y constante, que te acompañará –tal y como has soñado siempre- hasta tus últimos días.

Virgo
Ten cuidado con lo que deseas porque lo puedes obtener. Aún no has caído en cuenta pero este año lo comprenderás: debería existir un santo al cual prenderle velas para agradecerle por todos los favores no concedidos. Ese santo –al que has ignorado olímpicamente todo este tiempo- te ha salvado del horror centenares de veces; pero este año se lo tomará de sabático o se te pondrá de espaldas (que también andarte cuidando de los líos en que te empeñas en meterte es un exceso y un fastidio). El asunto es que, a mala hora, pedirás con fervor, mientras te comes las doce uvas o mientras escribes tus propósitos para el año nuevo, que éste sea el año donde conozcas a la pareja de tu vida, alguien de quien enamorarte hasta los huesos, que te haga feliz a tiempo completo y que te regale orgasmos pirotécnicos. Y aquí tu ángel de la guarda, el gran santo de los favores no concedidos, el mismo que te ha negado todos los caprichos absurdos que se te metían en la cabezota y que no hacían otra cosa que conducirte a la más terrible inmolación, dirá: “yo me abro, jódete, que te den exactamente lo que pides”.

Y estará muy bien conocer a quien será tu pareja. Y te la pasarás fenomenalmente. Te enamorarás hasta los huesos, serás peligrosamente feliz (porque la felicidad en su estado constante es una fatalidad), y en tus orgasmos pirotécnicos, múltiples, explosivos, conocerás el vértigo. Querrás entonces frenar, tranquilizar las cosas, ponerte un regulador emocional para que no te avasalle todo eso descomunal que ahora sientes… pero será demasiado tarde. Tu cuerpo entenderá el exceso de felicidad y pirotecnia como un fuego, un estallido, un hongo atómico a escala que te nace desde las entrañas y con el que tiene que estar en sintonía.

Será el tuyo un final feliz, explosivo, la más grande de las combustiones espontáneas en la historia de la humanidad. Hasta Curiosity reportará haberla visto desde Marte.

Libra
Sí, todos tenemos un disfraz, pero el que te vas a montar tú este año no tiene nombre. Te vas a lucir. Será un disfraz meticulosamente armado, cuidando cada detalle, blindado. Más creíble que tu propia piel. Es el traje perfecto para ganar indulgencias en el mundo contemporáneo. El disfraz ideal para el buen samaritano hipermoderno.

El kit del Hombre Nuevo/Mujer Nueva con el que te vas a apertrechar consta de:

a) Te vas a hacer miembro de una secta de esas muy elevadas que le rinden pleitesía a alguien que ha estado muchas veces en la India haciendo turismo espiritual con los grandes gurús de la espiritualidad.
b) A pesar de que te encanta la carne y todos esos productos deliciosos derivados del reino animal, te harás vegetariano.
c) Harás votos de silencio y/o de castidad (qué horror, con las ganas que tienes de decir y hacer barbaridades)
d) Te afiliarás activamente a una buena causa. Pero sobre todo para tomarte fotos y publicarlas masivamente en las redes sociales. Sabemos que no quieres a los animalitos, que los derechos humanos te tienen absolutamente sin cuidado, que desprecias a todos esos a los que designas con el adjetivo de “especiales”; pero hay que mantener la imagen bien lavada siempre. Que se sepa que las minorías te importan y te desgarras el pellejo por ellas.
e) Todo lo que hagas o digas a partir de ahora remátalo siempre con un corazoncito o con una carita sonriente porque eso refuerza la idea de que eres pura buena vibra, alegría desbordada y sentimiento bonito.
f) Puedes seguir odiando, tendiendo tus trampas, haciendo zancadillas y siendo pésima persona; pero que no se note. Lo importante es que la imagen que proyectas al exterior no tenga fisuras. Recuérdalo siempre: tú eres tu disfraz.

Hacia finales de año descubrirás que has logrado engañar a un gentío. Pero hay algunos escépticos que no te creen ni poquito. Gente que te conoce bien, que ahora te ven con esa mezcla terrible de desencanto con aburrimiento. Sí, entre ellos tú mismo.

Escorpio
Los astros alineados en la casa de Escorpio (esto nadie sabe lo que significa pero suena muy místico) serán especialmente favorables para tu signo este año. O no. Bueno, depende de cómo se mire puede ser algo sumamente malo también. O, en dos platos, es malísimo pero muy bueno a la vez. A ver, vamos a explicarte: resulta que este año vas a ser dotado con un superpoder pero que sólo sirve para hacer el mal. Serás como una especie de superhéroe pero que hace muchísimo daño. Los astros sugieren algo de epidemia, de plaga, de virus selectivo que lograrás inocular ópticamente a quien tú quieras. Aunque también puede ser una especie de telequinesis -como la de Carrie- pero que les desordena los átomos por dentro a las personas a quienes se lo desees. Es muy sencillo, sólo tienes que concentrarte, mirar a tu víctima o pensarla con detenimiento, le deseas ese mal que sólo tú puedes causar y listo. Pulverizada.

Y no me vengas con el cuento de que no se le desea mal a nadie. Hay gente que se lo merece, a quien desearle que no le vaya bien es una buena acción.

Todo superpoder, ya lo sabemos, acarrea consigo una grandísima responsabilidad. Así que tienes que seleccionar muy bien contra quién utilizarlo. Se trata de hacer un ejercicio de justicia cada vez que lo pongas en práctica. No hay marcha atrás ni puede haber remordimientos. A quien se lo haya ganado, pues que le toque su merecido.

Que te hagas un traje con capa y antifaz ya quedará de tu parte. Igual que te pongas un súper nombre.

Ah, pero muy importante, recuerda que todo héroe tiene su respectivo villano. También lo conocerás a lo largo de este año. Es alguien que te da sentido, con quien tendrás que luchar, que tiene las armas para vencerte. Y recuerda también que los malos están convencidos de que son ellos los portadores del fuego. Nosotros estamos de tu parte.

Sagitario
Siempre has soñado con esa idea: uno debería tener al menos tres oportunidades en la vida para poner al mundo en pausa. Quedarse congelado en un momento de felicidad, hacerlo largo, que dure mucho, quién sabe si eterno. No, no tendrás tres oportunidades, tendrás una sola. Este año te encontrarás con un momento de dicha absoluta, un instante prodigioso que querrás prolongar, estirar mucho más de lo que tenía pautado durar. Cerrarás los ojos, y como tantas veces antes elevarás una plegaria al infinito, pensarás (quizá lo susurres): Ojalá las cosas se quedaran así, yo  pondría a la existencia en pausa en este preciso instante. Y esta vez el mundo te hará caso.

Pausa. Enorme. Todo estatua. Un año entero aprisionado en el aquí y el ahora.

Y este año nada mejorará, nada pasará, nadie nacerá ni envejecerá ni morirá. Será un año estéril, inútil, perfectamente suprimible. Condenado al más rotundo vacío. Una cosa que ni siquiera es para el olvido porque nadie será capaz de recordarla. El año perdido, así se recordará por siempre. Y todo por tu culpa.

Capricornio


Esa serie de televisión no es nada buena, las críticas la han destruido, tus amigos se han burlado varias veces de lo mala que es, seguro que ni siquiera tendrá segunda temporada. Pero tienes tanta pereza que por inercia te quedarás viéndola un rato mientras te gana el sueño.

Vaya, la verdad es que no te parece tan mala, la gente sí exagera, incluso el personaje principal te resulta agradable, casi familiar.

Para el tercer capítulo ya habrás asumido que te gusta -y mucho- esa serie. Y para el sexto, te confesarás en estado de absoluta adicción. No sólo la serie te parece maravillosa, sino que ese personaje se te parece un montón a ti. Eres tú, aunque tú en su lugar lo harías distinto, incluso lo harías mejor.

Te sumergirás tanto en la serie que acabarás descubriendo que eso de meterse en la piel del personaje no es una metáfora. De ti, en este lado de la pantalla, no se sabrá nada nunca más. Te esfumaste, desapareciste, seguro fue que te secuestraron los extraterrestres o que te fuiste tras un perro callejero. Sin embargo, tu personaje se hará famoso, habrá segunda temporada y tercera, y hasta décima. Morirás en el último capítulo, en una muerte épica, la única que podías tener, la que merecías. Y te considerarán uno de los mejores personajes de la historia jamás. Pero tú de eso ni te enterarás, no conocerás tu fama porque tú estabas demasiado concentrado en vivir eso que pensabas era tu vida.

Acuario
Te pasará por andar con la cabeza en las nubes. O más bien con la vista en el celular. De pronto sentirás el impacto, un rayo verde, el mundo que cambia de intensidad de luz. Te encontrarás inmediatamente de cara al cielo y con una cantidad de extraños alrededor que disimulan su preocupación o su risa. ¿Estás bien? Sí, creo que sí, ¿qué pasó? Que chocaste contra el árbol. Ah, con razón veo todo verde.

Esa noche te curarás el chichón y te sorprenderá descubrir, mientras te untas el bactericida, que hay restos de corteza incrustados en la herida. Y tu sangre viene mezclada con la savia del árbol embestido. Te sonríes al pensar que algo de tu cerebro seguramente también se quedó pegado al pobre árbol. Ahora ese árbol tiene partes de ti y tú de él, han hecho un intercambio “amistoso” de materia prima.

Hacia mediados de año te irás dejando vencer por el sedentarismo. Te quedarás más tiempo en casa, junto a la ventana, sobre todo los días de sol. También alargarás los brazos para mojarte las ramas cuando llueve. Mientras tanto, en el parque, tu árbol cambiará de forma, se hará inquieto, movedizo, más inconforme y también más sabio.

Acabarás el año con una existencia doble. Viviendo la vida simultáneamente en dos lugares distintos, aunque ambas existencias signadas por algo tan humano como vegetal. En casa te sembrarán en una maceta junto a tu ventana. Te regarán, te susurrarán cosas bonitas, te pondrán música y te limpiarán las hojas con todo el amor del mundo. En el parque jugarás con los niños y los perros, hablarás con los ancianos… y se regará un mito a tu alrededor: “Mira, te juro que ese árbol se movió”. “Sí, yo lo he visto pestañear”.

Piscis
Siempre lo has sospechado: la gente es como la droga. Hay gente que con su sola presencia te deprime, otra que es buena para excitarse, gente que te regala una euforia fugaz, gente que es como un porro que te conduce a un estado de cómoda bobería, otra que logra ponerte contento o indignarte. Dicen que las drogas están todas en tu mente, pero eso no es del todo cierto; están también afuera: en los demás. Y los otros suelen tener (o ser) esas sustancias que ansiamos y de las que carecemos.

En ti, una vez comprendas esto, estará entonces el diseño, desarrollo y tráfico de las nuevas drogas. Te entregarás al arte de sintetizar gente, extraerle la esencia, para convertirlas en drogas. De Iris sacarás la droga de la ira. De Nicolás la del aburrimiento. De Pedro la de la estupidez. De Jorge la del sarcasmo. De Tibisay la del caradurismo. De José Vicente la de la maldad. De Diosdado la del odio en su estado puro. De Iván la de la persistencia (todos estos nombres, claro está, son sólo ejemplos tomados al azar).

Habrá también drogas luminosas y felices, claro, pero te tocará encontrar a las personas y sintetizarlas. También tendrás averiguar cómo exactamente extraer la materia prima para manufacturarla. Es tu gran reto. Sí, porque esto es un horóscopo, no un manual de instrucciones.

En diciembre de 2014 decidirás que tu misión está cumplida. Te sintetizarás a ti mismo y te convertirás en la esencia pura de algo. A ver, ¿qué droga serás tú?

miércoles, 8 de enero de 2014

Rojo sobre negro.


A veces el horror es tan grande, tan profundo, tan descomunal que no hay palabras. Se impone el silencio o la indignación. Porque articular una expresión que verbalice ese abismo hondo que sentimos no es posible, no aplica, es una inutilidad o un desatino.

Creo que eso fue lo que nos pasó ayer muchos venezolanos dentro y fuera de las fronteras. Nos quedamos en shock. Mudos. Indignados. Presos de pánico, dolor y frustración. Tan descolocados que no había (no hay) palabras para expresarlo. El asesinato de la actriz, modelo y ex Miss Venezuela, Mónica Spear, junto con su marido y en presencia de su pequeña hija de 5 años -quien resultara herida en una pierna cuando unos maleantes abalearon  el auto donde se habían quedados accidentados- fue como una bomba de realidad, asco y miedo que nos estalló en la cara. No significa que esta muerte pese más que las otras 25 mil que anualmente cobra el hampa en Venezuela, no se trata de que importe más porque se trate esta vez  de una figura pública querida dentro y fuera del país, sino que encaramos una muerte especialmente significativa, un símbolo más del horror impronunciable al que estamos sometidos nosotros y los nuestros en una sociedad descompuesta. Ayer el horror que todos conocemos quedó desvelado y se proyectó con toda su pestilencia al mundo entero. Un crimen más pero con resonancia internacional que evidencia el espanto en el que nos hemos convertido. Que pone el dedo en la llaga por tanta crueldad, por tanta impunidad, que señala una vez más con ahínco lo que ya sabemos: que en Venezuela una vida vale menos que un celular, un par de zapatos, un carro o cualquier bien material. Y que el hampa común no es otra cosa que una política de estado, que a los encargados de la seguridad nacional no les interesa solucionar el problema de la delincuencia, muy al contrario, la necesitan, se trata de un negocio: ya sea por razones ideológicas o económicas conviene tener al país decente aterrorizado mientras hay más de 15 millones de armas circulando entre el malandraje y donde nunca escasean las municiones para cargarlas y dispararlas. ¿De dónde viene tanto odio, tanto ensañamiento y tantas balas? No apuntemos las acusaciones hacia las víctimas, no caigamos en el lugar común de que fue porque se resistieron al asalto, porque no tenían guardaespaldas o porque estaban a la hora equivocada en el lugar equivocado; por supuesto que la culpa es de los delincuentes y de quienes tienen la responsabilidad de ponerles coto, apresarlos, hacer que se cumplan las leyes e imponer la justicia. Sí, es inevitable, además de lógico, considerar la inseguridad un asunto político. Y quien se niegue a considerarlo un asunto vinculado con la política es porque está de acuerdo con la situación. La ampara. La favorece. Se convierte en cómplice.

Para la inmensa mayoría de los venezolanos que vivimos fuera del país, la tragedia de Mónica Spear y su familia pone de manifiesto un temor silencioso que llevamos atrapado entre el pecho y la garganta todos los días: mañana nos tocará recibir la llamada fatídica que nos avisa que esta ruleta rusa finalmente le tocó a nosotros y los nuestros. Que la estadística está cada vez más cerca. Por ley de probabilidades falta cada vez menos para que nos toque directamente a nuestras puertas. El gentilicio a veces se convierte en una cruz que llevamos a cuestas, estemos donde estemos.

Algunos amigos me han reclamado que esté tan pendiente de Venezuela; palabras más, palabras menos, que “ya tú te salvaste, tú no estás acá, ya no vives el horror del día a día como nosotros, por lo tanto has perdido las razones para padecerlo”. El asunto, ojalá logren entenderlo, es que los que nos fuimos dejamos la mitad del alma en ese país. Ese es el país en el que crecimos y nos formamos, allí están nuestros padres, nuestros hermanos, sobrinos, familiares directos e indirectos, los amigos de toda la vida (esa familia que se escoge a lo largo de la existencia). Cada vez que leemos noticias de Venezuela se nos anuda el alma. Cada vez que hablamos con nuestra gente nos gana la náusea. Cada vez que vamos al mercado y lanzamos al carrito de la compra el papel higiénico, las medicinas, la harina pan, la leche, el pollo y los huevos, nos acordamos de que los nuestros no tienen o no pueden. Y les juro que dan unas ganas prodigiosas de teletransportarse a casa, abrazado ridículamente de esos rollos de papel tualé, para llevarle una porción de dignidad a nuestra gente.

Nostalgia es una palabra que etimológicamente proviene de nostos (regreso) y algos (dolor). Es el dolor causado por el pasado que vuelve, la añoranza por el hogar dejado atrás. Ya lo decía el poeta Ralph Waldo Emerson: Cada palabra alguna vez fue un poema. Yo no soy poeta, no tengo ese vuelo lírico en el verbo, no soy un mago de palabras, pero estoy convencido de que esa definición de nostalgia a los venezolanos se nos queda corta hoy día. No sólo es un dolor del pasado que vuelve, sino que también es el dolor que emana de la angustia del presente abominable y el dolor que se desprende del vértigo por el futuro que nos ha sido secuestrado (o, más bien, por la ausencia de futuro). Debería acuñarse un término que sumara esos tres dolores, que lograra encapsular en letras ese sentimiento de nostalgia repotenciada y atroz.

Hay una película monumental de Claude Lanzmann, Shoah (1985), una obra enorme no sólo por las nueve horas y media que dura sino, sobre todo, por su contenido. Es el cuento mil veces contado del holocausto judío pero contado con maestría por Lanzmann como si fuera la primera vez. Utiliza en esos 566 minutos apenas un plano de material de archivo, de resto son puras entrevistas con ancianos que sobrevivieron a los campos de concentración y también con nazis que estuvieron presentes en los campos de exterminio. Hay una secuencia en Shoah que no deja de rondarme, que me visita una y otra vez, es la de un viejo judío que da su entrevista al cineasta mientras le cortan el pelo en una barbería de Israel. Lo que vemos del anciano es su rostro reflejado en el espejo mientras el barbero le echa tijera. Lanzmann le pide que recuerde ese instante en el que, siendo un niño, los militares nazis lo apartan de su madre y de su hermana, es la última imagen que tendrá de ellas en la vida. El viejo se queda con la mirada clavada en el reflejo. Hace el intento de responder. Traga saliva. Se le frunce el entrecejo. Balbucea algo inentendible. Se pasa la lengua por los labios. Cierra los ojos. Toma impulso. Se frena. No sé cuántos minutos dura ese plano, son muchos, y se sienten como horas. Es evidente que dentro de la cabeza de ese pobre hombre hay un universo de dolor, con sus millones de muertos, con las innumerables violaciones, con los millares de abusos, con todas las humillaciones, con todas las cámaras de gas, todos los gritos, lágrimas y estallidos de la Segunda Guerra Mundial. Y al final, luego de esa pausa frente al espejo del barbero, el tipo sólo es capaz de responder un “No sé…”

Cada mañana, después de una caminata larga que me doy por los alrededores de casa, acabo metido en una iglesia de los Agustinos que queda a pocas cuadras. Allí hay un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe. Me siento frente a ella y le hablo mentalmente como quien se dirige a una madre o una abuela. Leo siempre la oración que tiene a un costado, allí hay una frase que dice “Protege y bendice a tu nación mexicana”. Y yo siempre le agrego “Y a Venezuela, Lupita, ¡Coño, no te olvides de Venezuela!”. Sí, así con el “coño”. Ella sabrá entender.