martes, 4 de noviembre de 2014

Breves cotidianas.


Trabajo.
Hace unos días iba yo subido a un autobús por la autopista que comunica México D.F. con Puebla. Desde la ventana pude ver algo que a la distancia se me antojó un perro blanco especialmente lanudo. Cuando le pasamos por al lado me di cuenta de que se trataba de una oveja. Enorme, sin trasquilar, trotandito en medio del canal rápido. Puedo jurar que iba como para el trabajo.

El salvador.
Un tipo, en el extremo del andén de Mixcoac, se pasa la raya amarilla y asoma la mitad del cuerpo por la boca del túnel. En eso nota las luces del metro que se aproxima para entrar a la estación. Con el nerviosismo de alguien que por fin logra divisar desde la parada el cartelito con el nombre de su destino, ahí colgando sobre el parabrisas de un autobús, le hace señas al conductor para que se detenga. Se sube al vagón con una emoción exultante, la de alguien que está convencido de: “menos mal que estaba yo aquí, si no fuera por mí nos hubiera dejado a todos”.

Las buenas heridas.
A primer vistazo parecía un hematoma. Una marca fresca y sanguinolenta allí en la base de la mejilla. Me le quedo viendo al joven hasta descubrir, luego de segundas y terceras miradas, que me he equivocado: se trata de un beso propinado con furia y mucho lápiz labial. El joven se percata de mi insistencia en mirarlo, me da pena y le hago gestos sobre mi propia cara como queriendo decirle: límpiate, tienes unos labios marcados aquí. Sonrío con complicidad pero la sonrisa que me devuelve el muchacho es de otra naturaleza; la de alguien que se siente incomodado. Caigo entonces en cuenta de mi ingenuidad, de toda mi estupidez, ese joven es como un guerrero que luce con orgullo la marca de una batalla feliz. Se habrá rendido, seguramente con gusto habrá puesto la piel y: haz lo que quieras, soy tuyo, ganas tú. No hay fuerza en el universo capaz de borrarle ese beso a ese hombre. Ahí va un tipo feliz con su tatuaje provisional, con ganas de que no se le vaya nunca esa cicatriz tan significativa y tan tristemente fugaz. Con ganas de acumular muchas más y en otras partes.

Accidentes afortunados.
Vengo de regreso a casa y atravieso el parque. Ha llovido muy fuerte durante la tarde así que hay charcos y lodo en varios sectores. Un niño de ocho años pasa en su bicicleta a toda velocidad, frena justo sobre uno de los charcos, la bicicleta derrapa un poco pero el chamo es buen ciclista, controla el manubrio, frena, se desliza con elegancia y sigue como si nada. Da la vuelta, toma impulso, se va de nuevo hacia el charco y otra vez hace la misma maniobra. Es bueno ese chamo, ahí puede haber un futuro campeón del motocross (eso pienso). Pero entonces el chamo ensaya la gracia por tercera vez y como la física es traicionera –sobre todo cuando implica lodo– esta vez no logra mantener la bici en pie. Cae estrepitosamente, se llena de barro y salpica a un gentío. Un señor con lentes se levanta de su banco y corre asustado en dirección al niño. Al señor –como nos ocurre a algunos– el nerviosismo se le transforma en furia. Sobre todo cuando se da cuenta de que el chamo está bien, aunque absolutamente enlodado por fuera y por dentro.


– Pero es que no entiendo, ¿por qué tienes que jugar así?, ¿tú no ves que eres el único que monta bicicleta así en todo el parque?- dijo el abuelo.

– Abuelo, ya, cálmate… fue un accidente-, respondió el niño.

– ¿Accidente? Accidente será el día en que volvamos a casa y a ti no te haya pasado nada.

Definitivamente hay que practicar la vida entera para poder dar una respuesta así de grande.

Lavado.
Ayer, a las 4.25 pm, en la esquina de Orizaba con el Parque Río de Janeiro, me crucé con un “viene-viene” que se disponía a lavar un coche.  El tipo agarra un balde de agua oscura mezclada con jabón y tomando todo el impulso del mundo la lanza sobre el coche que será víctima de la limpieza. Pero es tal la fuerza con la que arroja el agua que ésta dibuja una curva imposible, le pasa por encima al auto y va a caer del otro lado justamente sobre la cabeza de un joven que pasea a su perro. El muchacho, muy educado –se nota que está en esas edades de la adolescencia en la que absolutamente todo nos da pena-, se hace el desentendido: “aquí no ha pasado nada” a pesar de que está escurriendo litros de agua de la cabeza a los pies. El “viene-viene” asume una actitud idéntica: “¿quién lanzó ese balde de agua sucia? ¿Yooo?”. El único que ha reaccionado es el perro, tiene todo el pelo aplastado contra el cuerpo y del hocico le cuelga una baba jabonosa que se lame con la lengua enorme. El joven y su perro siguen su camino, el lavador de coches continúa su tarea sobre un auto absolutamente seco. Yo también sigo de largo, imperturbable, hasta que el perro decide sacudirse con furia justo cuando me pasa al lado. Me rocía de eso mismo que hasta hace segundos tenía chorreando del hocico… pero yo sigo derecho, como si nada. Es que es muy feo eso de ser el único que rompe con la armonía del lugar.

Influencias de la repostería.
Hoy, 9:00 am en el Paseo de la Reforma, vi a una señora que tenía exactamente el mismo peinado que su perro poodle. Eran una obra de arte ambulante como hecha de azúcar y claras batidas de huevo, cosa que me dejó pensando en las influencias enormes que ha tenido la repostería en la estética.

La rebelión de los objetos inanimados.
Acaba de ocurrir en la calle Newton: ante los ojos de todos los presentes en el lugar, a las 9:45, una bolsa plástica levantada por el viento se le fue directo a la cara a un tipo. Fueron largos segundos de batalla, confusión y angustia. Casi lo asfixia. El hombre tuvo que luchar con todas sus fuerzas y toda su desesperación. Cuando finalmente logró arrojar la bolsa asesina al suelo tenía la cara roja y en los ojos se le dibujaba el pánico en su forma más pura. Él lo sabía. Lo sabíamos todos. La rebelión de los objetos inanimados había comenzado. Quién sabe, a lo mejor ellos lo saben hacer mucho mejor que nosotros.

viernes, 17 de octubre de 2014

Fue por los perros.


La fórmula es vieja pero no por ello ha dejado de causar efecto. Quizás sea imposible abordar el asunto sin recordar esos primeros minutos de 101 Dálmatas de Disney: el amor por los perros -y entre los perros- a veces trasciende el ámbito de lo canino y se cuela en el humano.

La historia va, más o menos, así: hace un año vivíamos en otro apartamento y mi ruta de caminata matutina era distinta. Como buen animal de costumbres que soy, salía todas las mañanas a la misma hora y con la misma lista musical sonando en los audífonos. A partir de allí se filmaba aproximadamente la misma película, en las mismas locaciones y con la misma banda sonora. Y como todos somos, con mayor o menor grado, animales de costumbres, pues resulta que te vas encontrando en el camino esencialmente a los mismos personajes también.

Aquí es donde entran en escena la Dama y el Vagabundo. La Dama es una chica guapísima dueña de una perrita que –como suele suceder- es su propia proyección pero en versión canina. El Vagabundo no es ningún vagabundo, simplemente es alguien que ha tomado a su perrito callejero como excusa para salir a correr todas las mañanas a ver si logra ganarle la batalla a su panza de cuarentón. En la escala del 1 al 10 ella es un 10 y él roza con esfuerzo el 4.  Cosa que podemos extrapolar en idéntica escala a sus mascotas. La de ella es como una collie miniatura (o tal vez sea de esa raza muy distinguida que acompaña a Helen Mirren en su interpretación de La Reina), mientras que el perrito de él es como un frankenstein rechoncho hecho con retazos de varios perros que no pegan ni cosidos a máquina. Pero el tipo –me refiero al perro- se tiene confianza, es simpaticazo; como suele sucedernos a los feos –independientemente de la especie a la que pertenezcamos- él también está en la imperiosa necesidad de construirse una personalidad atractiva porque con ese físico no tiene la mínima opción. Así que a fuerza de gracias, feromonas y una timidez que rebosa confianza, el perrito se fue ganando el afecto de la princesa canina con pedigrí nobiliario. 

Y yo pasaba por allí, por esa zona del parque, y veía a los perros jugar entre ellos mientras los amos, con incomodidad evidente, trataban de entablar una charla entre ellos en la medida en que sus hijos cuadrúpedos se entendían cada vez mejor.

La escena, filmada mentalmente y con la estrategia de un camarógrafo voyeur de cuya presencia jamás se enteraron, era realmente curiosa… porque, cómo negarlo, resultaba obvio que ese Vagabundo no hubiera tenido la más remota posibilidad de acercarse a semejante Dama si no hubiera sido por la osadía de su perro. En un bar, por ejemplo, el pobre hombre hubiera rebotado lastimosamente y hubiera ido a parar varios metros más allá. Al cabo de varias mañanas de caminata, la tensión y la incomodidad de los amos se fue transformando en algo que se parece un montón a la complicidad, como un raro reflejo de lo que ocurría varios centímetros más abajo con sus mascotas. Pero allí nos mudamos para otro apartamento y forzosamente tuve que abandonar mi rodaje donde había todo menos el registro.

Esta mañana retomé por accidente la filmación y la vida me regaló la secuencia final de la película. Tuve que pasar a buscar una correspondencia por el viejo apartamento y decidí hacer una vez más la vieja ruta que hacía meses no transitaba. Y entonces me los encontré a los cuatro en el mismo sector del parque. Los perros, libres de correas, retozaban sobre el césped e intentaban dominarse en una batalla feliz donde él siempre dejaba que ganara ella. Los amos miraban la escena desde un banquito. Ella tan guapa como siempre pero ligeramente más informal. Él con su misma panza y sus mismos intentos firmes por no ser gordo. Disimuladamente me detuve a distancia prudencial y simulé (creo que logré engañarme solamente a mí mismo) cambiar la música en el aparato con el fin de ganar algunos segundos. Lo suficiente como para darle tiempo a ella para que se levantara del asiento, llamara a su perra con la correa en mano porque seguramente se le hacía tarde, y entonces él le tomó la mano libre y no sé si se lo dijo realmente o yo me lo invento porque me lo quiero inventar pero sé que le dijo: “vente para acá y me das un beso”.  Y la atrajo hacia él y le encajó un beso con toda la boca, un beso impúdico, descarado, no apto para menores y sólo para algunos adultos. Puedo jurar que se notaba que no era el primer beso. Era uno más, de los tantos que ya se habían dado durante mis meses de ausencia.

No sé realmente por cuál razón exacta me sentí tan pero tan contento. Creo que es por algo que llamaremos solidaridad de género. Esa especie de indulgencia que ganamos con escapulario ajeno cuando un amigo te confiesa: “estoy saliendo con fulana que es una diosa, una nena de colores”. Y uno no tiene otro remedio que cagarse de risa, darle un golpe al amigo y decirle: “coño, qué suerte tienes, cabrón”.

Y hasta aquí llego yo. Como pasa siempre con las historias y los personajes, hay un punto en el que uno los suelta a plena conciencia de no haberlo contado todo lo bien que se podía, que el asunto está inacabado pero si no lo sueltas entonces no se acaba nunca o –lo peor- quedará condenado al borrón porque es un desastre y no vale ya la pena. Le tocará a ellos cuatro -damas y vagabundos bípedos y cuadrúpedos, todos ellos con suerte- asumir los capítulos y escenas que seguirán a partir de ahora. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Error familiar.


Los personajes son dos hermanos: Matt y Tom. Matt es el mayor, y el alto,  y el delgado, y el que viste siempre los elegantes trajes y corbatas, y es que además es el líder de The National, una de las bandas de indie rock más importantes del momento. Tom es mucho más fácil de describir: es un don nadie. Porque Tom es 9 años menor, de la fauna de los gorditos metaleros, ése que nunca logró independizarse de sus padres y que se embute a presión en franelas negras que dicen Megadeth y cosas así. Y resulta que Matt, en gesto magnánimo digno de su altura, invita al pobre Tom a acompañarlos en una gira mundial de The National para que ayude con la logística, cargue los amplificadores, tenga por fin un oficio. Y como Tom es “cineasta” (ha hecho un par de películas caseras de terror gore, una cosa infumable que no han visto ni sus padres) entonces decide llevarse su camarita de video para hacerle un documental a The National.

Mistaken for Strangers (Tom Berninger, 2013) es la cosa que menos se parece en el mundo a lo que uno podría imaginar debería ser un documental sobre una banda de culto como The National. Qué va, aquí no vamos a ser testigos de la tensión entre los miembros del grupo durante la gira, tampoco vamos a padecer las dificultades del proceso creativo de unos músicos atormentados en su propia genialidad que se encuentran surfeando sobre la cresta de la ola, ni siquiera vamos a escuchar la cada vez más sólida y abrumadora obra musical de The National en sus conciertos masivos… no, esta es la película sobre un náufrago en su naufragio.

Y desde el principio de la película, en una escena que se repite con sus variantes una y otra vez, Matt (el famoso, el hermano alfa, el estructurado que se tiene confianza porque conoce ya las llaves para abrir las puertas del éxito en lo profesional, lo personal y en todos los  demás aspectos imaginables de la vida) interpela a su hermano menor para exigirle un concepto y una estructura para ese desastre de documental que el gordito pretende hacer. Y, por supuesto, Tom no lo tiene. No le interesa. Tom debe ser una de las 5 personas en el mundo a las que más a bola le sabe todo lo que tenga que ver con The National. Tom está allí -como un enorme bebé barbudo y barrigón- solamente porque se quiere divertir, quiere encontrar en esa gira todo lo que se supone que se debería conseguir en una gira de una súper banda: drogas, excesos, mujeres, fiestas, desmadres… pero se pasan los meses y pasan las ciudades y pasan los conciertos y nada que aparece ni un ápice de todo eso.  Tom se aburre mortalmente, intenta jugar al director de cine, graba cosas que a nadie importa ni mucho menos conviene, hace unas entrevistas patéticas donde formula las preguntas menos interesantes, las más torpes, las menos indicadas. Y todos los presentes, comenzando por su hermano mayor, comienzan a desesperarse. Más grave aún, se van convenciendo a pasos agigantados de que ha sido un terrible error involucrar a semejante bueno para nada en la aventura. No es que se perdieron esos reales, es que los utilizaron en su contra.

Y así, en una escena tan triste como aquella de la expulsión del Chavo del 8 de la vecindad, cuando le acusan injustamente de ratero, el pobre Tom también es echado de la gira: nadie te quiere, nadie te soporta, te trajimos para darte una oportunidad y la has desperdiciado, te vas ya para la casa de tus padres en Ohio y te metes tu peliculita por tu gordo culo.

Pobre Tom, es increíble cómo las cosas se han confabulado para salirle peor que pésimo. Esto es francamente impeorable.

Pero entonces -porque así son las familias y así funcionan los hermanos- Matt se conmueve algunos meses después al regresar de su exitosísima gira. Llama a su hermanito, le ofrece quedarse en su casa de Brooklyn y convertir el cuarto de juegos de su hermosa hijita (es que además Matt está casado con una rubia linda y tienen una niña preciosa) en una sala de edición para que Tom pueda terminar su película. Y hasta le ofrece un trato imposible de rehusar: antes del último concierto de The National en Nueva York, van a mandar a cerrar el auditorio, invitarán a una muy exclusiva audiencia, harán una premier por todo lo alto del documental.

Sí, seguro que ya se lo imaginan, estaba cantado: falla el proyector, la película no suena, la proyección acaba abruptamente antes de transcurrir los primeros 5 minutos. Y Matt entra en cólera: es que no puede ser, Tom de mierda, que no te hayas ido dos horas antes a revisar que todo estuviera en orden, es que no maduras, no quieres servir para nada, es tu culpa, sí, tu culpa pero porque tú te la has forjado segundo a segundo y torpeza tras torpeza. Tom recibe el regaño recostado sobre la cama y con absoluta resignación y lo único que responde, una vez recibido el aluvión moralizante de su hermano mayor, es: “Bueno, quizás esta sea una oportunidad para repensar mi película”.

Finalmente la película que vemos es el fruto –entrañable, conmovedor y genial- de ese fracaso. No es una película sobre The National, no es una película sobre el gran Matt Berninger, no es ni lejanamente el documental que todos esperábamos ver: es una película sobre la familia, sobre las relaciones fraternales, es una obra a medio camino entre lo cómico, lo angustioso y lo demoledor que significa ser el hermanito raro, el perdedor, el que está condenado a vivir bajo la sombra del otro que siempre ha sido el más grande y perfecto.

Y sí, Matt, tú eres el orgullo de la familia, tú eres la versión mejorada de todo eso que yo no soy ni pude ser, tú te llevaste por goleada todos los talentos y los buenos genes, pero yo tenía un as bajo la manga, algo que me saqué en el tiempo de descuento cuando ya el marcador iba 7 a 0 a tu favor, y te driblé con un túnel, me sacudí la marcación de todos los miembros de The National y de todos los millones de seguidores de la banda en todo el planeta, y entrando al área me hice un autopase de bombita y la rematé de media volea justo al ángulo de la portería. De los goles más insólitos y hermosos que se puedan marcar jamás. Sí, el de la honrilla, pero vaya golazo que me mandé. Me recordarán la vida entera por él. Eso es mi película.



jueves, 25 de septiembre de 2014

Enamoramientos musicales.


Dios sabrá qué es exactamente lo que ocurre en ese instante en el que escuchamos por primera vez una canción y, en la medida en que transcurre esa masa sónica a la que nos exponemos, nos va invadiendo la certeza de que se merece una repetición. Y otra. Y luego otra. Porque algo en lo más hondo nos dice, así a primeras escuchadas, que ese tema nos va acompañar por un tiempo y que el soundtrack personal de los días por venir estarán tocados íntimamente por ese paisaje sonoro que nos ha sido regalado. Ese descubrimiento musical se parece un montón al enamoramiento.

Hace unos días estuvo de visita una querida amiga que se pasó unos días en casa, en esta casa que por costumbre y por cercanía es ya la suya también. Nos comentaba durante la cena que estaba científicamente comprobado que el enamoramiento es un brote psicótico que dura siete meses. Luego de ese lapso se acaba, se transforma –para bien o para mal- en otra cosa. El enamoramiento, cosa ya dicha hasta el hartazgo por los poetas y ahora por los investigadores, es un tipo de locura. También, por sus impactos en la química del organismo, podría considerarse un estado de adicción: las feromonas se excitan, los hormonas entran en reacción, la enorme reacción de química orgánica que somos se desquicia. Y durante esos siete meses queremos más y más de esa droga que detona una peculiar versión de nosotros mismos que nos gusta tantísimo.

Hay gente que siempre está, como decía mi viejo, enamorada del amor. A esa gente le cuesta horrores querer de verdad y mucho más si la cosa es a largo plazo; porque se han hecho adictos a la sensación del enamoramiento y cuando la sentencia del séptimo mes entra en vigencia entonces deciden que ya no es lo mismo, que no quieren más, que se les pasó ese efecto sabrosísimo que les hacía mantenerse en estado de constante fascinación junto al objeto del deseo. La fantasía amorosa, de esa manera, comienza a ser sustituida –parcial o totalmente- por la pareja de carne y hueso, la persona real con sus bemoles, sus necedades, sus defectos, cargada con sus propios fantasmas. A veces, muy pocas veces, el enamoramiento que logra sobrevivir a la ineludible transformación que prosigue al brote psicótico se convierte en amor (el de verdad).

Pasa lo mismo con la música y con los enamoramientos musicales que ella trae. Hay canciones que nos enamoran, que destapan al obsesivo compulsivo que nos habita, y de pronto nos damos cuenta de que llevamos horas de horas escuchando en loop un mismo tema. Esa canción lo vale todo, aunque el resto del disco nos resulte perfectamente desechable, no importa, pues en ella se han concentrado un universo de historias, personajes, atmósferas, sensaciones y sentimientos. Una cosa muy íntima y prácticamente inverbalizable que nos pide a gritos: ponme a sonar otra vez, escríbeme, píntame, dame otra vida, compárteme, haz algo conmigo que me permita trascender hacia otras instancias. Y le hacemos caso, nos entregamos a la repetición hasta la obstinación. E incluso llegamos a condenar a quienes nos rodean a esa máquina acústica del perpetuo movimiento que para nosotros significa un mundo mientras que para ellos puede que poco o acaso nada.

Sin embargo, los enamoramientos musicales corren el riesgo de agotarse, de hastiarnos, porque en estos enamoramientos (como en los otros) lo que ocurre es que nos hartamos de nosotros mismos. Nos estamos repitiendo, nos estamos devorando como serpientes que se comen la propia cola, estamos cautivos en la autofagocitosis. Así que un buen día decidimos que ya no más, que qué fastidio, “es que te he escuchado tanto –me he escuchado tanto a mí mismo- que me cansé, necesito otra cosa”. Pero también ocurre, a veces, un acto de magia capaz de describirnos mejor que muchas palabras o acciones: algunas canciones muy selectas llegan para quedarse. Y pasarán los años, pasará la vida, cambiarás de casa, se irán amigos y vendrán otros nuevos, pero en el soundtrack personal de tu existencia seguirán habitando algunas músicas que te conforman en tu más profunda identidad. Y cada vez que te expongas a ellas te enfrentarás cara a cara contigo mismo, con la esencia más honda de la persona que fuiste y la que eres ahora.

Hoy descubrí durante mi caminata matutina una de esas canciones que aún no puedo saber si se trata de un simple enamoramiento o si acaso trascenderá a la categoría de amor musical.  Sólo el tiempo lo dirá. Pero lo que sí me quedó claro es que al escucharla fui invadido por un doble vértigo: el de la certeza de que pasaré como un loco obsesivo horas y horas oyendo ese tema en loop, junto con otra ansiedad quizás más prodigiosa, la de compartirlo urgentemente con mi esposa. Porque me doy cuenta de que todo, absolutamente todo, me remite a ella. El enamoramiento musical está condenado al fracaso si no soporta la delicada prueba del transvase al amor de mi vida.

La felicidad de los amores, su perfecta armonía, se reduce para mí a ese instante-burbuja en el que ella llega a casa, habla de mil cosas, fuma, se sienta, se para, bebe algo, deja siempre un fondito, y mientras tanto –sin que ella llegue a advertirlo- le pongo de fondo el tema musical que me tiene cautivado, y entonces de pronto ella hace una pausa, comienza a llevar el ritmo con los dedos o con la punta del pie… y en un momento glorioso me dice: ¿qué es eso tan bueno que suena, me lo grabas? 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Adolfo Bioy Casares, 100 años.


Adolfo Bioy Casares con Silvina Ocampo y sus perros.

Si tuviera que someterme al cruel y muy personal ejercicio de escoger a cinco grandes escritores de todos los tiempos uno de ellos sería, sin temblores de pulso, Adolfo Bioy Casares. En cuanto a los otros cuatro dudaría un montón.

Suele considerarse a Bioy como una especie de escudero de Borges, otro noble Sancho Panza condenado a acompañar al gran héroe, siempre a su sombra, a prudentes y respetuosos pasos de distancia más atrás; pero quienes piensan así no han leído –o no han sabido leer- a Bioy Casares, pues no se han dado cuenta de que brilla con luz propia. Y para algunos pocos, entre quienes me cuento, Bioy es una estrella que brilla con una frecuencia distinta pero incluso aún más atractiva que la del mismo Borges.

Pienso que en los días que corren, gracias en gran medida a las redes sociales,  se ha detonado masivamente una especie de pedantería lectora. La pantallería y la echonería desbordadas porque se necesita proclamar a los cuatro vientos (los de la cotidianidad y los de la virtualidad también) que uno lee mucho y todo lo que se lee, además, es maravilloso. Humildemente asumiré que mi relación con la literatura no ha sido jamás tan armoniosa ni vibra siempre en las más nobles ondas, muy al contrario, es una relación cargada de bemoles, con sus picos y con sus profundísimos valles, no encuentro todos los meses -ni lejanamente- un grandísimo libro ni un magnífico autor del cual vanagloriarme con escapulario ajeno. Trato de leer todo lo que pueda y siempre con la esperanza de encontrar una gema gloriosa para compartir, pero son relativamente escasos los momentos en los que finalmente me digo: “aquí está, qué dicha enorme, lo encontré”.

Conocí la obra de Bioy Casares gracias a los consejos de Juan Cristóbal Castro, insigne interlocutor para hablar de libros y de música en aquellos días en los que éramos unos chamos de 17 años vestidos con la reglamentaria camisa beige a la que obligaba el uniforme escolar. Yo estaba deslumbrado en aquel entonces con las lecturas heredadas –por vía genética y cultural- de mi padre: Borges (el inevitable), Cortázar (con el sabor que le gusta a los jóvenes), el Vargas Llosa a medio camino entre lo diáfano y lo experimental de La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras, La casa verde o La tía Julia y el escribidor. Pero entonces Choza (que así le decíamos a Juan Cristóbal) me comentó en un recreo entre mordiscos de croissant de queso: “Chamo, Juice (pronúnciese en la lengua de Choza: Yuzzz), tú tienes que leerte a Bioy Casares, a ti te va a encantar esa vaina”. Y le hice caso. Me busqué en la biblioteca de mi viejo algo de Bioy Casares y encontré una cosa perdida en la fila de atrás, la de los libros menos favoritos, llamada La invención de Morel. Debe ser el libro que más he recomendado y regalado en mi vida. Mi alianza con Bioy quedó sellada desde ese momento y nunca más se rompería. Nunca, a pesar de estar consciente de que hay escritos de Bioy que no me gustan y que no he logrado terminar de leer porque no los entiendo o me aburren. No importa, la grandeza de un escritor no tiene que ver para mí con una obra impoluta y libre de desencantos, basta con que me haya regalado tres o cuatro libros entrañables, tres o cuatro picos luminosos que se conecten directamente contigo como lector. Tres o cuatro gemas tan grandes que neutralizan todo lo demás. Bioy me ha dado, en lo personal, por lo menos el doble de esa suma.

Y no sólo le debo a Bioy por su obra literaria que se me antoja tan grande y generosa, sino también por sus memorias compiladas en Descanso de Caminantes. No tengo idea si Bioy las escribió con el objetivo de que fueran publicadas, no sé si más bien las escribió para su propio y estricto desahogo, tal vez como una suerte de diario personal que no estaba destinado a ser compartido con nadie más. Poco me importa, la verdad. Me pasa algo muy curioso con ese libraco enorme de memorias de Adolfo: me gustaron poco o nada cuando las leí hace años pero hoy día las recuerdo y atesoro como una enseñanza de vida. Encontré en ese libro a un hombre profundamente terrenal, tan distinto al autor que veneraba, allí estaba el ser humano decepcionante que habita dentro del artista admirado, algo que te deja con esa sensación –tan común- de “hubiera preferido no llegar conocer a la persona sino quedarme para siempre con la ilusión del autor”. Con el paso de los años me reconcilié con el Bioy de carne y hueso, con el mujeriego, el malcomportado, el amante de los perros, el bon vivant, el antipático de lengua lacerante que soltaba frases crueles que dejaban todo títere acéfalo. Le agradezco a Bioy, aunque quizás no haya sido su intención premeditada, esa desnudez de alma y esa apertura para decir: “así lo pienso y así lo expreso. Y se la calan”. En un mundo tan dado a la pose, a la fórmula y a la hipocresía no es poca cosa semejante gesto.

Y mientras Borges encontraba en las bibliotecas todo lo que necesitaba para ser feliz y regodearse en su indiscutible genialidad, Bioy se asumía como un tipo más carnal, una amalgama de ruidos e incorrecciones mundanas. Necesitaba echarse sus canas al aire, enamorarse, meter la pata, beber, viajar, comer, entregarse a la noche, montar a caballo y compartir con su perro; ciertamente era un monstruo de las ideas también, pero uno que necesitaba vivir primero para luego poder contar. Y mucha de la genialidad presente en los relatos y ensayos borgianos se halla en Bioy Casares pero de una manera más diáfana, más vivencial, menos elevada pero -por lo mismo- más seductora.

Vuelvo entonces a esa imagen de Borges escribiendo y pensando a cuatro manos con su amigo 15 años más joven que él. Borges con su escudero personal, su talentoso pupilo y exclusivísimo caddy al que le diría cosas como: “esto lo vamos a escribir con un Hierro 3, por favor, Adolfito, alcánzamelo y verás el swing magistral que me lanzo, pero tranquilo que esto lo firmamos con el seudónimo de Bustos Domecq”. Borges que en el fondo, muy en el fondo, veía en ese muchacho una posibilidad de vida que bien le hubiera gustado tener y eso le fascinaba y también lo mataba de envidia. Y Adolfo mirando el reloj con nerviosismo, moviendo frenéticamente un pie sobre el vacío, buscando una manera de acomodarse en el mullido sillón de cuero inglés de la sala de Borges pero también desesperado por salir corriendo lo antes posible de allí. “¿Y qué te pasa, Adolfito, no ves que estamos escribiendo una cosa enorme, algo así como un disco compuesto por Lennon y Lou Reed, la sumatoria de dos cerebros inalcanzables (sobre todo el mío, porque Lennon aquí soy yo)?” y Bioy que le suelta al monstruo sin anestesia: “Perdona, pero es que quedé con una mujer increíble y no he comprado el vino ni he paseado al perro; se me hace tarde, mejor seguimos otro día… es que no sabes el mujerón, ojalá y la pudieras ver”.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vuelta por el universo.



Me acabo de enterar de la muerte de Gustavo Cerati. Sí, es cierto que es ley de vida y que son muchos los que se han ido este año (como en todos). También es verdad que esa vida que llevaba Cerati, inconsciente y postrado en una cama clínica desde hace 4 años, no era vida. La razón en estos momentos te dice que era lo justo, lo más sano, lo mejor, que ya descansó, que qué alivio y seguramente estará ahora mismo mucho mejor; pero los duelos –cuando la tristeza pega de verdad– no tienen nada que ver con la razón. Se fue Cerati, y aunque hace mucho que ya estaba ido, el mundo hoy me parece un poco más vacío y un poco menos amable también. He aprendido a respetar el derecho de cada quien a llorar y honrar a sus muertos –independientemente de haberlos conocido en persona o no, eso es potestad de cada quien- así que hoy haré uso de ese derecho: ¡Coño, se murió Cerati y qué tristeza más grande!.

Hace 4 años, cuando Cerati sufrió el ACV después de su concierto en Caracas, escribí un texto, “Gustavo y los nuestros”, con la esperanza de que se recuperara. Había en ese momento una necesidad (una necedad, podría decir) infantil de mi parte: no te vas, Gustavo, aquí te vamos a estar esperando porque tienes que volver, te quedas aquí. Su vuelta por el universo tenía que ser algo provisional, un mientras tanto, una excusa para irse por un rato, reinventarse, componer nuevas letras y nuevas músicas, pero siempre para regresar. No podía haber otro desenlace, me negaba en redondo. Y soñaba con verlo de nuevo subido a la tarima, más viejo, más calvo, igual de flaco pero con más barriga –sí, como todos– y abrir su concierto con un: “Hola, ¿me extraniaron?”.

Claro que te extrañamos, Gustavo, y hoy más que nunca que sabemos ya que no vas a volver.

Ese mismo año en el que Cerati sufrió su apagón nos tocó hacer maletas en casa para venirnos a vivir a México. Y de las primeras cosas que hizo mi esposa fue regalarme una foto de Cerati tomada durante su última visita al D.F. Esa foto me acompaña todos los días, aquí colgada muy cerca del escritorio donde trabajo y escribo. Gustavo es testigo y cómplice de mi día a día. Se me ha hecho un ritual: levanto la cabeza, lo miro, y menos mal que nadie mira ni oye porque hasta le hablo. Es como un pana que me ha acompañado a lo largo de la vida, de una manera u otra ha estado siempre en la película y en el soundtrack de mis días desde los tiempos de la adolescencia.  Creo –miento, estoy seguro– que no he logrado construir una identificación semejante con ninguna otra figura pública jamás. Debe ser también al artista que más he citado y de los que más historias propias (de las que se cuentan y de las que no) me ha regalado.

Yo le debo un montón a ese narizón, y me enorgullece reconocerlo. Porque en este mundo que se acabó pareciendo tan poquito a lo que hubiéramos esperado de él, había un oasis, un refugio, una trinchera para resguardarse y sentirse por fin a gusto y  a salvo: nos quedaba Cerati. Quienes nos conectamos con su obra sabemos bien de lo que hablo.

Así que con grandísima tristeza y acudiendo a la resignación agridulce que se impone en estos momentos me despido: Libre, finalmente, Gustavo, para dar tu vuelta por el universo. Gracias por la música, las letras y todo lo demás. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

El fin del mundo en el fin del mundo.



Ayer vimos The Rover (2014), una demoledora película australiana de David Michôd, el mismo director de Animal Kingdom (2010). La película comienza con unas letras blancas sobre fondo negro que simplemente anuncian: “Australia, 10 años después del colapso”. Y esa es toda la explicación que vamos a tener, a partir de ese instante a nadar y a tratar de convertir cualquier objeto flotante en balsa porque es la única manera de sobrevivir al naufragio en el que nos hemos metido de cabeza. 

Un personaje con el que compartí (hoy pienso que más de la cuenta) durante un tiempo, repetía hasta la obstinación una estupidez que había escuchado y que le parecía muy brillante: Los extraterrestres llegan a Nueva York, a Londres, a París, a Tokio, pero jamás aterrizarán en Caracas. Es decir, bajo esa premisa tan poco feliz, el colapso de la sociedad abordado desde la ficción sólo podría ocurrir en una gran ciudad. En dos platos: somos pequeños los de la periferia hasta para inventarnos las fantasías.

Pero de pronto irrumpe algún osado al que se le ocurre decir: yo voy a hablar de qué pasaría si la nave espacial se posara –nadie sabe por qué- sobre una ciudad sudafricana (District 9 de Neill Blomkamp). O yo voy a contar la historia de los días posteriores al cataclismo pero desde la perspectiva de un papá con su hijo que están deambulando sin rumbo por una carretera perdida en el más absoluto medio de la nada (The Road de Cormac McCarthy). O la de estos australianos –primero los de Mad Max y  ahora los de The Rover- que asumen la distopía pero muchísimo más allá de las zonas de confort de Sidney, Melbourne o Canberra; esto es en la carretera, en medio del desierto, en un punto recóndito del mapa que ni vale la pena mencionar porque igual no te serviría de nada: esto es el fin del mundo en el fin del mundo. Y allí la reflexión se hace especialmente aguda, terriblemente vertiginosa, quizás aún más dolorosa, porque este es el fin del mundo de los lugares (y sus gentes) de los que ni siquiera nos acordábamos cuando aún había mundo.

El fin del mundo en el fin del mundo es un lugar (en lo físico y en lo metafórico) especialmente extraño. No hay asideros, nada se parece ya a lo que debería ser, no hay explicación que valga y tampoco hay que pedirlas/darlas. En el mundo postapocalíptico de The Rover no quedan casi mujeres, las cosas tienen un precio exorbitante y en dólares americanos aunque la moneda sea un papel que no sirve de absolutamente nada, hace mucho calor y todos los hombres andan en camiseta, bermudas y chancletas (con eso basta para enfundar las armas),  la gente habla poco y cuando hablan no dicen nada rescatable, hay todavía militares que intentan poner orden en un caos tal que ya la palabra orden ha perdido más que nunca todo su sentido. Ya lo decían Sartre y Camus: no sabemos lidiar con el absurdo, aunque la existencia es radicalmente absurda; imaginen cuán absurda será cuando la existencia sea entonces la nada.

El protagonista de The Rover, interpretado por Guy Pearce (el mismo de Memento), tiene una única razón y un único asidero para darle sentido a su existencia; pero eso se halla en su auto y se lo han robado unos bandidos.  Está dispuesto a todo, desesperadamente, para dar con ese carro. “Debe ser algo que amas demasiado” le dice en un parlamento una de las únicas dos mujeres que aparecen en la película mientras él le apunta a la cabeza con un arma. Hay que nadar, balsear,  sobrevivir al mundo-naufragio y transitar la carretera estéril junto con él para saber qué diablos es eso que se llevaron en su auto. No seré yo quien les arruine el apocalipsis, vean The Rover y sométanse a la experiencia en carne propia. 

Al final sólo queda una única pregunta, una muy absurda pero a la vez la única provista de sentido cuando ya se ha perdido todo: ¿Y a ti, al final, qué te mantendría siendo humano?