miércoles, 13 de agosto de 2014

La cabeza de Philip K. Dick.




En octubre del año 2005, apurado por tomar la conexión a un vuelo, David Hanson olvidó una maleta en el avión. Dentro de ella viajaba la cabeza de Philip K. Dick.

Cuando Hanson, especialista en robótica de la Universidad de Dallas, estaba apenas recién graduado, inventó una piel sintética sumamente realista a la que bautizó como “Frubber”. Con ese material se había hecho un molde de su propia cabeza y también el de las cabezas de un par de exnovias de los tiempos universitarios. Su más reciente y predilecta creación consistía en la cabeza del escritor Philip K. Dick, fallecido en 1982.

El joven inventor se llevaría su modelo de la cabeza de Dick a una convención de robótica en la Universidad de Memphis y allí ganó la atención de un grupo de investigadores que estaban desarrollando un programa educacional llamado AutoTutor. Decidieron sumar esfuerzos con la convicción de que combinando el Frubber con las habilidades conversacionales del AutoTutor y con motores para simular la expresión de los músculos del rostro, podrían crear el androide más fabuloso jamás: el PKD (iniciales que, obviamente, corresponden a las del famoso autor de ciencia ficción).

En el año 2004 PKD fue sentado en un sofá, vestido con ropas del mismo Philip K. Dick que sus hijos habían cedido para el proyecto. Recrearon una escenografía idéntica al  saloncito de la última casa de la familia Dick e invitaron a un selecto grupo de privilegiados para que se sentaran a conversar con el androide. PKD no sólo hablaba como el escritor sino que literalmente tenía su voz; había sido programado con un software que contenía decenas de entrevistas realizadas al autor antes de su muerte. Si el entrevistador hacía alguna pregunta que ya había sido respondida por Dick, el androide era capaz de reconocerla y responderla tal y como lo había hecho en vida. Y si acaso se trataba de una pregunta fuera de libreto, PKD podía hacer uso de otro software con el que venía equipado para inventarse respuestas creíbles: un sistema llamado “Análisis semántico latente”.

La misma hija de Philip K. Dick se sometió a la experiencia conversatoria con PKD y salió del encuentro confesando: “Es increíble, sentí que realmente estaba hablando de nuevo con papá”.

Por cierto, PKD –durante su fugaz vida pública– fue sometido al test de Turing (utilizado para evaluar a computadoras que se cree gozan de capacidad de pensamiento) y también al Voight-Kampff (creado por Philip K. Dick en su libro “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”). El primero de estos tests había sido criticado duramente por Philip K. Dick pues a su parecer las preguntas evaluaban exclusivamente patrones de inteligencia y para él era importante formular un test más centrado en las emociones características de “lo humano”. La respuesta del escritor al test de Turing fue el Voight Kampff. Pero el pobre PKD  finalmente reprobó ambos.

En el año 2005 Google extendió una invitación a David Hanson para que se acercara a presentarles la famosa cabeza parlante de Dick. Y fue precisamente en ese viaje donde el inventor perdió la maleta que la contenía. Nunca más la pudieron encontrar.

Se dice que la cabeza parlante del androide de Philip K. Dick fue rastreada en dos aeropuertos del estado de Washington antes de perderle la pista. Algunos amigos de la teoría del complot aseguran que está en poder de los organismos de inteligencia rusos. Y otros incluso sostienen que se halla en alguna nación sudamericana (con la cantidad abismal de inhumanos dotados de leves capacidades para el habla y la expresión facial que proliferan en nuestros gobiernos estará difícil identificarla).

En el año 2012 Hanson Robotics anunció la creación de PKD 2.0, un sustituto para el perdido de la maleta, una versión mejorada que ahora cuenta con 36 minimotores faciales más que su antecesor y provisto con un software capaz de hacer sentir al interlocutor que Philip K. Dick sigue entre nosotros más vivo que nunca.



¿Habrá soñado Philip K. Dick con su propio androide? Luego de leer “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” (la biografía escrita por Emmanuel Carrère a partir de sus numerosas y profundas entrevistas con el escritor) uno no tiene otra opción que dejarse invadir por el vértigo. Tiene que ser terrible acabar convencido de que el universo que has creado como autor se está materializando segundo a segundo en la cotidianidad. La paranoia en estado absoluto. Se ha difuminado la frontera entre la realidad y la creación literaria, y ese constructo mental de Philip K. Dick se corporiza de una manera especialmente delirante, esquizoide, paranoide y atroz.  Uno empieza a leer Yo estoy vivo con una risita nerviosa: “qué loco estaba este pana, qué delirio”, pero en la medida en que la lectura avanza es inevitable trastocar la sonrisa por una mueca de angustia en su estado sólido.  Por más que le admiremos y le rindamos culto, nadie realmente quisiera estar en la cabeza de Philip K. Dick.

Ya está, ahora viviremos sabiéndolo: hay una cabeza de Philip K. Dick perdida, dando vueltas por ahí. Revise bien sus maletas y sospeche de esas que se quedaron allí arrumadas junto a la cinta deslizante de los aeropuertos.

Mientras escribía estas líneas juro que sentí un impacto proveniente de la pequeña terraza que tenemos en casa. Me levanté a ver qué era. Una pobre palomita caída del árbol. Se estuvo moviendo entre estertores unos segundos y luego se quedó tiesa. No fui capaz de salvarla en su agonía.

“Caminas por el desierto y te encuentras una tortuga patas arriba sobre su caparazón: ¿qué haces?” es una de las preguntas más famosas del test Voight-Kampff. Sí, me queda claro, lo reprobé.


martes, 5 de agosto de 2014

Las otras lecturas.



Hace unos años asistí a una conferencia en el Centro Rómulo Gallegos donde el escritor Ricardo Piglia hablaba, entre otras cosas, de su autobiografía como lector. Piglia sostenía una teoría tan simple como prodigiosa: los libros que nos marcaron la vida vienen acompañados de la memoria del instante preciso cuando los leímos. Cuándo fue que llegó ese libro a nuestras manos. En qué lugar exacto estábamos mientras lo leíamos. Quiénes éramos en ese preciso momento y qué sentíamos. Somos capaces de recordar minuciosamente hasta la calidad de la luz que nos iluminaba las páginas o la postura corporal que habíamos adoptado mientras estábamos inmersos en la lectura.  La memoria del libro no sólo se circunscribe al libro en sí, sino también al contexto que sirvió de escenografía a nuestra lectura.

Sin embargo, me permito hacer una reflexión complementaria a la de Piglia: no sólo recordamos el libro y con esa memoria viene adjunto el contexto del momento de su lectura, sino que a través de ese libro leemos y recordamos también a quienes nos  lo recomendaron.  El libro entrañable suele venir acompañado de una lectura paralela: la de la persona que nos lo sugirió. Y ese recomendador de lecturas no sólo está presente durante el lapso en el que leemos, sino  que se quedará para siempre instalado y asociado al libro –o al autor- que nos recomendó. Y aunque pase la vida y con ella se lleve por delante a las personas que fuimos y a las que nos rodearon, esa gente recomendadora de libros (sus libros que ahora pasaron a ser los nuestros) nunca desaparece. Nunca del todo.

Siempre he pensado que hay gente que nunca se va, a pesar de que perdamos todo contacto con ellas, porque se quedaron habitando en la música que escuchamos y que indefectiblemente está asociada con su memoria. Algo muy similar ocurre con los libros. Acaso algo aún más poderoso. Porque en ese gesto de “léete esto que me hizo pensar en ti” hay una tercera lectura implícita: la que el recomendador tiene de nosotros. Nos han leído, nos conocen y también nos reconocen en las lecturas que aún no hemos hecho pero que ellos ya intuyen que nos son necesarias.

Hace exactamente diez años, en el verano de 2004, compartía piso con un viejo amigo de la adolescencia que la vida en buena hora quiso llevar a mi casa de la calle Diputación en Barcelona. El día en que mi amigo se fue de esa casa para volver a Venezuela me dejó sobre su cama un libro que durante un año entero de convivencia me estuvo recomendando. Un libro que yo no había querido leer y a cuya recomendación había hecho caso omiso: Plataforma de Michel Houllebecq. Sobre la cubierta del libro estaba pegado un post-it amarillo escrito con el puño y letra de su recomendador, decía simplemente: “Léete esto, es para ti”. Así que finalmente le hice caso. Lo que mi amigo César (alias “el Clutch”) no sabe (nunca se lo dije) es que ese libro significó un golpe de timón en mi vida. No sólo porque implicó un reencuentro con la lectura y el descubrimiento de un autor que en ese momento me marcó la vida, sino porque mientras recorría con fascinación las páginas de Plataforma tomé una decisión: yo tenía que sentarme YA a escribir mi propia novela. No podía esperar más, ni darle más largas, ni sucumbir de nuevo a la cobardía de la procrastinación. Y así lo hice. Me tardé un año en hacerlo. No sé si Experimento a un perfecto extraño, esa novela que acabé escribiendo en gran parte gracias al Clutch, es un buen libro. Estoy consciente de que es una obra imperfecta y plagada de bemoles; pero sí sé que fue el mejor libro que pude escribir en ese momento y de la manera más auténtica que me nació relatar esa historia. No me queda otra opción que esperar el juicio de sus lectores.

Las cosas que escribimos, al final, acaban estando plagadas no sólo de guiños a los autores y obras que nos conforman; están rebosantes también de fantasmas entrañables que a lo mejor no aparecen expresamente en el escrito pero sí son los espíritus que nutren nuestras letras: esa gente de a pie que nos supo leer en sus propias lecturas y se tomaron la molestia de recomendárnoslas personalmente. Allí también, en lo que hacemos o intentamos hacer, se quedaran para siempre habitando y habitándonos.

jueves, 3 de julio de 2014

Futbolsofía.



Decía Albert Camus, quien además de escritor y filósofo fue el insigne portero del Racing Universitario de Argel (RAU): “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

El fútbol, como ha quedado de manifiesto en este mundial Brasil 2014, es metáfora envidiable de lo más sublime y lo más patético de la condición humana. Así que con el permiso de Camus –y sobre todo el de ustedes- me atreveré a lanzarme con estas breves futbolísticas que en lo personal se me antojan ricas en certezas sobre la moral y las obligaciones de los hombres.

   - Luis Suárez le propinó una tremenda mordida en el hombro al defensor Giorgio Chiellini. Nada en el universo podría justificar que un jugador muerda a otro en la cancha –al menos no sin su consentimiento-, y mucho menos en el marco de una Copa Mundial. La violencia primitiva de un mordisco no es jamás comparable con un codazo, un cabezazo o un hachazo intencional; quizás estos golpes puedan causar lesiones aún mayores pero entran dentro de la lógica del deporte de contacto. Merecen, por supuesto, ser sancionados con tarjeta roja, multas y partidos de suspensión, pero un mordisco sólo es comparable con un escupitajo en la cara, una clavada de uñas en los ojos, un golpe directo a los genitales, o el uso de agujas u hojillas en los botines para herir a los contrincantes. Ni siquiera en el Club de la Pelea (libro de Chuck Palahniuk llevado al cine por David Fincher) se valían los mordiscos, imaginen ustedes que se permitieran sobre el gramado de un estadio.

     - La sanción a Luis Suárez a raíz de este mordisco –el tercero propinado por él y del que se tenga registro ante las cámaras, hasta ahora- podrá resultar exagerada e injusta para muchos. Un castigo impuesto por un juez inmoral, indigno y cuestionable (la FIFA) que se ensaña contra el delantero uruguayo como si se tratara de un criminal. Pero si las mordidas son inmorales en el boxeo (recordemos la oreja masticada de Holyfield en las fauces de Tyson), las artes marciales mixtas, el mencionado Club de la Pelea y hasta en las mismísimas reyertas callejeras, imaginen ustedes  lo cuestionables que resultan en el marco de un mundial donde mordedores y mordidos representan a sus países ante los ojos del planeta.

    -  Ahora bien: los simuladores de penales, los reyes del piscinazo, los artistas del “me voy a dejar caer como si me hubieran cortado las piernas para engañar al árbitro” se merecerían –mínimo- una sanción equivalente a la mitad de la de Luis Suárez. Porque si bien la falta de Suárez es un monumento al salvajismo descarado y a la torpeza desfachatada, los simuladores de faltas son unos promotores nefastos de la trampita, el encubrimiento, las malas mañas para ganar por cualquier vía y a cualquier precio. Ante una simulación tan deplorable como la de Robben ante México o la del brasileño Fred ante Croacia, muchos pondrían el hombro con gusto para preferir un mordisco.

   - Los holandeses Van Persie y Robben, notables delanteros de la selección naranja, curiosamente ejecutaron el mismo movimiento de zambullida con la cabeza en alto, la espalda bien arqueada y los tacos apuntando al cielo. Ambos malabares acabaron sentenciando el juego: el de Van Persie por las razones más nobles para culminar en un golazo contra España, el de Robben para fingir un penal de último minuto que acabaría sacando a México del torneo. La belleza y el horror en un movimiento idéntico. La misma maniobra pero en los extremos más distantes del espectro de lo moral.

     - Robben es un gran jugador, un delantero insigne, un hombre al que para nada le hacen falta esas triquiñuelas para hacer lo que mejor sabe hacer: librarse de los rivales y meter unos zurdazos de ensueño que casi siempre acaban en las redes; pero Robben, después de su piscinazo tan ridículo como trágico, tiene plomo en el ala. Para los amantes de este deporte ya Robben no es lo mismo.

    - Brasil y Argentina han llegado lejos en la Copa. Tal vez demasiado lejos para lo que merecen. Ambas selecciones, tan grandes y con tantísima historia, han jugado un fútbol gris y decepcionante; pero ambas han contado con sus respectivas llaves maestras que en un momento de inspiración arreglan el entuerto y maquillan los resultados. Neymar y Messi tienen un mérito que muy pocos: han jugado todo lo que va de mundial ellos solitos, prácticamente sin aliados, sin interlocutores, son las flores que extrañamente se abren gloriosas desde el lodazal.

    - Ha sido un mundial con mucha garra, mucha emoción, por momentos angustioso y trepidante… pero le ha faltado magia. Con la excepción de Colombia, la única selección que se ha acordado por momentos de que el fútbol, además de un deporte, es un acto colectivo de creatividad artística y, sobre todo, un acto de magia. Los conejos y las palomas que han salido de la chistera en Brasil son casi todos colombianos y la mitad de ellos son obra de un mismo y joven mago: James Rodríguez.

     - Dicen las estadísticas que la selección belga disparó al arco 37 veces en el juego contra los Estados Unidos. Y que por primera vez desde 1966, un portero (el colosal Tim Howard) hacía 14 atajadas de goles cantados en un mismo partido. Esto nos lleva a reformular a Einstein, existen entonces tres cosas infinitas: el universo, la estupidez humana y las atajadas de Tim Howard en el mundial (y del universo no estamos seguros).

    -  La FIFA es un monstruo monstruoso, un conglomerado de pillos, un aquelarre de mafiosos en flux y corbata –estamos de acuerdo- pero en el momento en que Neymar se eleva más de un metro del suelo para cabecear por encima de los defensores que le sacan varios centímetros de altura y se saca un testarazo ajustado al palo que el Memo Ochoa vuela espectacularmente para sacarlo con la punta de los dedos al córner, allí no existe la FIFA, allí lo que hay es fútbol. La inmensa mayoría de los futbolistas y de los aficionados no tienen la menor culpa de lo que hayan hecho o hagan los delincuentes bien almidonados de la FIFA. Los que queremos al fútbol lo único que pedimos es eso que son capaces de hacer Neymar y Ochoa. Porque en esos instantes, por fin, la belleza ha derrotado al horror con juego bonito y por goleada.

viernes, 9 de mayo de 2014

De Newtown a Venezuela.


A veces la música que nos atrapa se comunica con nuestra realidad de una manera insospechada. Surge entonces una confluencia mágica en la que la materia acústica se amolda con la cotidianidad. No, no se trata de que escuchamos o entendemos lo que queremos, se trata de que la música que nos gusta acaba siendo el paisaje sonoro de esa película personal a la que llamamos vida.

Así que empezaré a hablar de música pero para intentar hablar de lo que no soy capaz ni sé cómo hacerlo sobre lo que ocurre en Venezuela.

Mark Kozelek, un músico de San Francisco quien fuera el líder de una banda maravillosa –prácticamente olvidada hoy- llamada Red House Painters, hace pocos meses lanzó su nuevo álbum Benji (2014), bajo el nombre de su proyecto como solista Sun Kil Moon. Y resulta que el Benji es un disco extraordinario, no sólo en el aspecto musical (una cosa que toca con los huesos y canta con las vísceras) sino sobre todo por el concepto con el cual construye el álbum: se trata de un documental autobiográfico hecho disco.

Cada tema del Benji corresponde a un capítulo de la vida de Kozelek: uno dedicado a su madre, otro a las aventuras y desventuras con un padre al que adora pero con el que nunca pudo llevarse del todo bien, otro tema corresponde a su autobiografía sexual (las mujeres que tuve y también a las que no pudo amar), otro a los amigos que le marcaron la vida y así hasta llegar a una pieza llamada “Pray for Newtown” (oración por Newtown) que es el tema que inspira estas líneas.

Pray for Newtown es el recuento de una serie de eventos trágicos que, estuviera donde estuviera, marcaron la vida de Mark Kozelek. Me refiero puntualmente a esos sucesos tan tristemente comunes en los Estados Unidos donde un sujeto armado irrumpe en un bar, una escuela, una sala de cine o un centro comercial y simplemente dispara contra los desafortunados que en mala hora se hallaban en el lugar. De esa forma, el autor da cuenta de cómo un amigo de la adolescencia, con el que Mark solía quedarse a beber hasta el amanecer, se presenta un mediodía en un restaurant del pueblo con una ametralladora y dispara contra los comensales. Luego nos cuenta de cómo, años más tarde, estando de gira en Seúl, se entera por la televisión de la masacre ocurrida el día del estreno de Batman en el que un sujeto irrumpió en la sala y disparó a mansalva contra los espectadores. Pocos años después, ahora encontrándose en un hotel de New Orleans, Kozelek enciende la tele para descubrir que en un centro comercial de Portland se ha repetido una escena similar, un día más en los Estados Unidos, todo el mundo comprando y divirtiéndose, excepto el resentido de la escopeta que ha ido al mall a pagarla con las familias que se hallaban allí. Y finalmente, estando esta vez en su casa de San Francisco una tarde de diciembre, recibe una carta de un aficionado que le pide que eleve una oración por los niños de Newtown, un pueblo que -al estilo del tristemente célebre Columbine- sirviera de escenario para la visita a una escuela de un hombre armado que descargó todas sus balas contra maestros y niños.

Y entonces Kozelek, el 24 de diciembre, antes de sentarse a su cena de Nochebuena, decide escribirle una carta de respuesta a aquel aficionado que le pidiera rezar por Newtown: “Yo no sé rezar, pero sí sé cantar y tocar; por todas esas mujeres, niños, madres, padres, hermanas, hermanos, tíos y tías. Lo siento por los asesinatos, por los niños y por sus maestros, lo sentía venir, lo sentí en los huesos y no sé explicar porqué”.

El tema cierra con una invitación a recordar a los muertos de Newtown. A recordarlos, especialmente, cuando estemos bien, a salvo, a punto de celebrar; sobre todo cuando compartamos la mesa y los buenos momentos junto con nuestros seres queridos. A eso nos exhorta Kozelek, a pensar en esa gente que ya no puede hacer lo que nosotros podemos. En fin, a pedir por ellos aunque no sepamos rezar.

Y yo le robo la idea al músico, me apodero de ella para trasladarla al contexto que más me duele: el de todas esas personas que han sido asesinadas, violentadas, humilladas y apresadas injustamente en Venezuela desde febrero de este año. Porque, ineludiblemente, nosotros también podemos construir perfectamente el relato autobiográfico del propio horror. Un horror que se prolonga como si se tratara de una infesta máquina del perpetuo movimiento.

Estemos donde estemos, con los dones y las armas que disponga cada quien, no nos olvidemos de esa gente que ha sufrido y sigue sufriendo. La reescritura de la historia no corresponde a los gobiernos ni a los héroes, sino a la gente de a pie. Que cada quien, entonces, ore y accione como mejor sepa hacerlo. El día que dejemos de hacerlo es porque nos dejó de importar. 

viernes, 21 de marzo de 2014

El viejo lector de la plaza.


El horror enmudece. Llevo días cautivo en la mudez. Incapaz de escribir algo congruente, rebotando entre mis intentos fallidos al tratar de convertir en palabras esa madeja de espanto que llevo hecha remolinos entre el pecho y la cabeza.

Venezuela duele. Duele un montón. Duele a la distancia y duele tan adentro a la vez. Duele también a tiempo completo.

A veces no soporto más -no me soporto a mí mismo- y me obligo a salir a caminar. A respirar otro aire, que me pegue un poco el sol (el mismo del que mi padre decía: donde entra el sol no entra el médico), alejarme aunque sea por una hora de la pantalla donde se empeñan en correr a caudal roto las noticias terribles provenientes del país. Cada día más. Cada día otras nuevas. Cada día aún peores que las del anterior.

Me encajo los audífonos y camino sin rumbo definido. Debo parecer un muerto en vida, un sonámbulo que exuda angustia: “ahí va otra vez ese tipo mirando al suelo”; así dirán. Qué le vamos a hacer, ya poco me importa.

Sin embargo, hay una imagen se me luminosa con la que me topo en esas caminatas. La encuentro en la placita que está en la intersección entre Horacio y Edgar Allan Poe, esa misma en cuyo centro hay una fuente a la que no hemos visto encendida jamás. En esa pequeña plaza circular suele sentarse un viejo lector. Es un hombre moreno de pelo blanco. Debe rondar los 80 años. El hombre siempre está leyendo un libro de esos de segunda mano, a saber de dónde los saca. Levanta su libro -con la espalda muy recta y las piernas cruzadas- hasta la altura de la cabeza con una mano; con la otra sostiene un cigarrillo que se fuma con gozo en lentas caladas.

Hace unos meses el viejo estaba metido de cabeza en un libro llamado La cuarta dimensión. Hace unas semanas lo encontré con El corazón de las tinieblas de Conrad. El otro día estaba leyendo Duna de Herbert (y yo casi lo abrazo). Esta mañana estaba enfrascado en Fundación e Imperio de Isaac Asimov. Es que además tiene buen gusto para la lectura el abuelo.

Nunca me he atrevido a hablar con ese señor, no lo quiero interrumpir en su lectura, además me da vergüenza acabar cometiendo la torpeza de pedirle que me adopte como nieto (perdonen, yo nunca conocí a mis abuelos, ni a Santos ni a Augusto, ellos murieron cuando mis padres estaban muy niños, así que me he visto obligado a inventarme una memoria fantástica a partir de los pocos retazos que he logrado unir a partir de lo que me cuentan de ellos). El hecho es que le estoy profundamente agradecido a ese caballero. Ese señor simboliza, así con su librito usado y su cigarro fumado sin miedo, una imagen que bien quisiera para mí y los nuestros.

Confieso que deseo, con ansia infantil de nieto que nunca fue, que ese viejo sea todos nuestros viejos. Que cuando el horror ceda –porque tiene que pasar y ojalá sea pronto- haya una proliferación de viejos lectores en nuestras plazas. Viejos tranquilos que ocupen sus banquitos con libertad y sin miedo. Que se fumen su cigarrillo con calma y placer porque están claros en que lo peor ya pasó. Se quedó tan atrás. Tienen en su haber la misión cumplida de  una vida ya vivida y que además se vivió bien. Ahora es tiempo de leer y fumar (y al carajo con los consejos del médico). Se me antoja que es una imagen de una calma y una felicidad prodigiosas.

Muchos hablan de que el futuro es de los niños y los jóvenes. Que vale la pena luchar por la libertad para que ellos la tengan garantizada. Y eso está muy bien, pero a mí el viejo lector me ha cambiado un poco el discurso y la mirada: ojalá quienes aún no han llegado a esas edades les pasaran por al lado a los viejos lectores de la plaza, se vieran proyectados a futuro en ellos, y decretaran “cuando yo sea grande voy a querer una vejez como ésa”.

martes, 4 de marzo de 2014

La neutralidad sobrevalorada.


Mucho se habla en estos días de la importancia de la sensatez, del valor de la ecuanimidad, del prestigio que otorga considerarse –y que te consideren– una persona juiciosa y ponderada. Eso está muy bien, en teoría (y hasta que la teoría aguante) pero el problema está en tratar de encajar esa fantasía ecuánime en un contexto real donde no aplica. No tiene cabida. Forzarla, maniatarla, doblegarla hasta la caricatura: “sí, el mundo se está cayendo a pedazos pero yo sigo incólume en mi neutralidad a ultranza”.

El asunto es de sumo cuidado, porque hay momentos en los que la máscara de lo neutral se resquebraja especialmente y donde el defensor de la hiperneutralidad (asumido más en personaje que en persona) corre ese riesgo que asomaba Wittgenstein: “les quitas la máscara y les arrancas el rostro también”.

Asumir una posición determinada en los momentos críticos es crucial, es un acto de responsabilidad, de congruencia, me atrevería a decir que incluso de dignidad. Me tomaré la licencia de establecer una metáfora futbolística para explicar mi punto: asumirse como aficionado a un equipo no te convierte en miembro de su barrabrava.

Hay fanáticos de fanáticos (sí, en el fútbol como en la política, así como en todos los asuntos que despiertan emociones extremas, se puede hablar de aficiones y de fanaticadas sin ninguna vergüenza). Los hay muy serios y autocríticos, también los que juegan a ser directores técnicos y analistas deportivos, los hay los que siguen el juego desde su casa, otros que van al estadio como quien cumple con un ritual, los hay los que se lanzan a la cancha y los hay “ultras” que no están realmente tan pendientes de lo que haga su equipo como de partirle la cara a los aficionados contrarios. Todos tienen en común la afición por el mismo equipo, se sienten miembros de la hinchada, pero cada uno interpreta su pasión a su manera.

Vamos a suponer ahora –como de hecho es en realidad– que se trata de una final, se está jugando un partido decisivo que bien podría definir nuestro destino como equipo y afición. Intentar establecer un diálogo sesudo, razonado y ponderado con la barrabrava (la propia y la del rival) no sería un acto de sensatez sino de ridiculez o inmolación. Similar a intentar explicarle a un mandril con mal de rabia que para jugar ajedrez no puede destruir el tablero ni arrancarle a mordiscos la cabeza a la Reina sino comenzar siempre necesariamente con el delicado movimiento del peón cuatro Rey. Ese mandril está ciego de furia, mejor emplee su sensatez en distanciarse de él.

Bien podría usted intentar establecer esa posibilidad de diálogo con un aficionado del equipo rival, pero con la consciencia de que jamás logrará convencerlo de que hinche por su equipo como él tampoco podrá convencerlo de saltar a la otra afición. El diálogo es un camino, pero recuerde que se hallan en el medio de una final, no estamos aquí para conversar y argumentar mientras transcurren los 90 minutos de vértigo y hay gente que se está jugando el alma dentro y fuera del terreno de juego. Cuando el partido tenga un desenlace entonces sí habrá tiempo, y quizás ganas, para sentarse a debatir calmadamente con una cerveza en la mano, evaluar los puntos de encuentro y darse un abrazo de despedida.

Lo que resulta inconcebible es que en medio de esa final usted se tope con un “neutral”. Un tipo que le va al árbitro, al espíritu del deporte, a la belleza abstracta de la pasión por el fútbol y que desea que ojalá y ganaran los dos. No, viejito, si estás aquí en medio de la final y a ti te duele el fútbol tienes que asumir una posición. Esto es Brasil contra Argentina, no se vale ser un aficionado “albicelestecanarinho”. Respeta a los verdaderos aficionados, respeta el juego, juégatela tú también o al menos permite -con respetuoso silencio y dando un paso atrás- que disfruten de la final a quienes de verdad les duele el juego.

Ser imparcial e intentar ser objetivo es responsabilidad de los árbitros, no de la afición ni de los jugadores. Encumbrarse en todo momento y circunstancia hasta las alturas de la objetividad neutral es un acto no solo de soberbia sino también de desfachatez. Es un acto de falsedad, tan idiota y mezquino que incluso pretende demostrar que se es aún más sabio que René Descartes: la percepción de la realidad es un acto subjetivo, la objetividad tan cacareada y sobrevalorada no existe porque el mundo está siendo filtrado constantemente por nosotros y nuestra personalísima e imperfecta subjetividad. Bienvenidos al mundo real: no existe otra opción, así que siéntase libre de ejercer su subjetividad. 

Es lastimoso y descarado que en pleno siglo XXI un “analista político” o “periodista serio” insista en aquello de: “yo soy objetivo, soy neutral, mi ecuanimidad y mi rigor profesional no me permiten tomar partido por ninguno de los bandos en pugna”. Argumentar semejante despropósito sólo tiene dos explicaciones: sientes culpa o complejo por asumir tu verdadera posición, o a ti de verdad no te importa lo que está ocurriendo; te da exactamente igual porque a ti no te interesa el juego. Sea cual sea el caso, en ambos se está disfrazado y temeroso de salir del armario. Es un disfraz, además, al que se le notan las costuras y que acaba aburriendo un montón.

Mucho cuidado, cuando esto pase –que pasará- si los disfrazados de hiperneutrales no sólo queden desnudos (que ya sabemos que lo están) sino que al quitarles el disfraz se les arranque el cuerpo entero también. Quedará simplemente el vacío. La nada. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un aguacero de incertidumbres


Llevo años alejado del ejercicio del periodismo; sin embargo, fue en una escuela de Comunicación Social donde me formé, fue de periodista mi primer trabajo y también fue en esa carrera de Comunicación donde tuve la suerte de ejercer durante años como profesor. Insisto, no lo ejerzo pero de alguna manera me he mantenido siempre en contacto con el oficio.

El complejísimo y muy confuso panorama que azota a Venezuela en estas horas, acompañado de la censura feroz y de un bloqueo informativo descarado por parte del estado venezolano, ha hecho que las redes sociales y unos pocos portales cibernéticos se conviertan en el único medio masivo para compartir y difundir informaciones. Los periodistas, así como muchos ciudadanos comunes, se han visto obligados a emplear sus espacios virtuales para hacer escuchar voces y mostrar sus imágenes. Obviamente, a los periodistas consagrados que ya eran referencia, se han sumado otros nuevos con un discurso ágil y fresco. En la misma medida en que los medios internacionales han optado por acudir directamente a los periodistas que están en el sitio para obtener la información fresca y de forma inmediata. Apelar a los medios oficiales no tiene ningún sentido porque todos están alineados bajo un mismo discurso, nadie dará una versión de los hechos distinta a la que dictaminan desde el Ministerio de Comunicación y la Información (nombre que disfraza al orwelliano Ministerio de la Verdad de 1984 que es lo que realmente se gasta Venezuela en estos tiempos).

El momento, además de complejo y confuso, es avasallante. Centenares de noticias ocurren en simultáneo. La protesta toma las calles en prácticamente todos los rincones de Venezuela y es reprimida brutalmente por los cuerpos de seguridad del estado y por los grupos paramilitares adeptos al régimen. Crece exponencialmente el número de detenidos, torturados, muertos con balas disparadas a la cabeza (lo que evidencia que no son armas accionadas por cualquiera, se trata de pistoleros muy bien entrenados), otros han sido víctimas de arrollamientos, hay infinidad de heridos. El país arde, literalmente. Y como decía el presidente Guzmán Blanco hace ya más de un siglo: “Venezuela es como un cuero seco: la pisas por un lado y se levanta por otro”. La frase, ya lo vemos, no pierde su vigencia y se ha vuelto especialmente significativa en estos días.

Corren los tiempos de la inmediatez, una suerte de adicción por la novedad, el que se calla pierde, el que se lo piensa mucho también. No hay tiempo para la reflexión, para la discusión ni para la contemplación. La sed por la información expedita obliga a procesarlo todo sobre la marcha. No importa si mal digerido, mal pensado, mal analizado y pobremente investigado. Son millares los receptores que esperan la información como quien necesita una droga. Y además, los medios internacionales ejercen presión: dame más, dímelo todo a mí antes que a nadie, anda, date prisa, tiene que salir en nuestra edición web internacional esta misma noche. La información sale disparada en millones de vectores en una proporción directa con la confusión.

Los periodistas y analistas políticos están tratando de hacer su trabajo, pero también están forzados al análisis precoz. A sumergirse en el Maelstrom de informaciones encontradas o difusas, barajar ciertas teorías, combinarlas con algunas especulaciones, sentarse al teclado en pocos minutos o frente a la camarita de sus computadoras para vaciarlo todo allí antes que nadie. Y esto es sumamente riesgoso, porque se han convertido en referentes importantes, son –ahora más que nunca, convertidos por las circunstancias en especies de guerrilleros comunicacionales- los principales generadores de matrices de opinión. Son las grandes voces autorizadas para entender y explicar todo eso que nadie entiende ni se explica. Pero que, sobre todo, es aún muy prematuro para poder entender y explicar a rajatabla.

He leído y escuchado análisis realmente precipitados que sacan conclusiones tajantes de lo que ocurrió el pasado 18 de febrero. Allí se explica y se juzga lo ocurrido cuando Leopoldo López se entregó a las Guardia Nacional en medio de una concentración a la que había convocado. La jugada, por más amigos de la especulación y de la teoría del complot que pretendamos ser, fue realmente sorprendente. Como esos futbolistas que en una definición por penaltis cobran el último penal a lo Panenka. Una bombita para engañar al arquero; todavía no sabemos si ese penal acaba en gol, se queda corta o la tapa el portero. Se queda la pelota flotando en el aire, sólo el tiempo con el curso de los acontecimientos nos dirá el desenlace.

¿Por qué Leopoldo López se entregó voluntariamente a las autoridades? ¿Es cierto que llevaba días reuniéndose con Diosdado Cabello? ¿Por qué Nicolás Maduro y los medios oficiales aseguraron que lo estaban “protegiendo” al líder de la oposición porque sabían de planes de la “ultraderecha” para asesinarlo? ¿Por qué, según Telesur, la esposa de López confirmó esa teoría de la protección de su marido en manos del gobierno venezolano en una entrevista ante CNN en español? ¿Por qué Diosdado Cabello es el encargado de custodiar y ruletear personalmente a Leopoldo López llevándolo a destinos que no son los que dice Nicolás Maduro? ¿Cómo es eso de que alguien se entrega para que le protejan la vida pero inmediatamente es imputado con una decena de cargos gravísimos? Por más ambiciones políticas que tenga un líder, ¿cómo siendo padre de dos hijos pequeños se entrega a unas autoridades en las que no cree y en un contexto donde no existe ni lejanamente la justicia? ¿Cómo es posible no pensar que acabará en una situación tan lamentable o aún peor a la del pobre Iván Simonovis?

Un aguacero de dudas, acaso ninguna certeza.

Y obviamente la situación se presta para la especulación, para las mil y una hipótesis sin confirmación, para el huracán de las conjeturas. Cada venezolano y cada ciudadano del mundo interesado por la situación de Venezuela debe tener las suyas dándoles vueltas en la cabeza. Los periodistas y analistas políticos también, son personas, por supuesto, pero no es el juego que les corresponde. Su responsabilidad y su oficio les exigen cierta pausa en medio del maremágnum. Tienen que tomarse el tiempo –ese mismo que nadie tiene- para la reflexión, para sopesar ideas, para investigar, discutir, airear las hipótesis para que se vayan decantando; además de encontrar las palabras y el tono justos para aterrizar esas delicadísimas conclusiones.

Los periodistas y analistas políticos han exigido que la protesta sea organizada, que los líderes de la oposición diseñen y comuniquen estrategias claras y viables de acción, han hecho reiterados llamados a la sensatez. Muy bien, están en su derecho, es el nuestro pedirles a ellos exactamente lo mismo en medio de estas horas oscuras.


viernes, 14 de febrero de 2014

Alumnos.


He estado varios días dándole vueltas a este texto. Buscando la manera de escribirlo. Lo he iniciado y lo he borrado entero decenas de veces. Al final, he decidido que él salga solo, a su manera, yo trato de controlarlo pero al final él será lo que le dé la gana. Como quienes me lo inspiran y a quienes se los dedico: a mis alumnos. De mí, con suerte, quedará apenas un rastro, un intento de orientación.

Vengo de un hogar de profesores. Lo fueron mis padres, lo son mis dos hermanas. Yo era de los que quería ser astronauta, futbolista, ingeniero o artista… lo de ser maestro, la verdad, no estaba en mis planes. Menos mal que me equivoqué.

Comenzaré por decir que la primera vez que entré como profesor a un salón de clases, yo era apenas un chamo que le llevaba pocos años a mis estudiantes. Fue un día terrible, desde el mismo momento en que escribí sobre la pizarra mi nombre y el de la materia, se me nublaron las entendederas, se me secó la boca como papel de lija. Durante una hora estuve diciendo disparates –más que nunca-, se me hizo un corto circuito espantoso entre el cerebro, las manos y la lengua, y hubo un punto en el que no supe bien si vomitar sobre el escritorio o largarme a llorar de tanta incompetencia.

Para la segunda clase, además de una botella de agua, me apertreché con fotografías, cómics, música, videoclips. Que por lo menos eso, más la participación de los alumnos, me sirviera de balsa de salvamento en caso de otro corto circuito. Afortunadamente funcionó. Funcionó, sobre todo, porque a ellos les dio la gana de que funcionara.

Con el paso de los años fui estableciendo una relación con mis alumnos, con un número creciente de ellos, algunos se convirtieron en mis aliados, otros en mis amigos, otros en mis colegas. No sé si la relación que logramos construir con algunos alumnos sea una variante especial de la amistad; a veces –sobre todo para los que no tenemos la fortuna aún de ser padres- me temo que hay casos en los que se parece un montón al vínculo que se teje entre padres e hijos, o tíos y sobrinos, o hermanos mayores con menores. Es una cosa muy rara, difícil de definir. Es como descubrir que finalmente has encontrado interlocutores fuera de tu familia, amigos y colegas; de pronto te encuentras con una gente para la que toda esa gama infinita de pasiones y disparates que uno tiene para compartir también les hace sentido.

Resulta inevitable sentir, ya uno entrado en la cuarentena, que de los mil millones de planes y proyectos personales que se tenían no habrá tiempo para culminarlos o llevarlos a buen puerto. Pero poco importa, porque están los alumnos, ellos recogerán el testigo, serán ellos los que al final libren por ti. Ellos lo harán, a su manera, y aún mejor que nosotros.

Mis alumnos no lo saben, jamás se los he dicho: yo tengo la fortuna de vivir gracias a ellos y por medio de ellos. Son mi orgullo. De no ser por esa gente yo sería con seguridad un tipo más triste, y me sentiría definitivamente más incompleto. Gracias a mis estudiantes he logrado armarme una vida que me gusta. Me mantienen al día, me obligan constantemente a estar buscando cosas e investigando en asuntos que jamás se me hubiera ocurrido indagar. Sí, es verdad, también me sacan de quicio, me vuelven loco, me dan ganas de estrangularlos. Todos los años sentencio que es el último, que se busquen a otro, que este curso ha sido el más complicado de todos jamás. No han sido pocas las veces que les he dicho: “me esperaba mucho más de ustedes. A ver si se ponen serios. Que sepan que tanto talento sin disciplina no sirve de absolutamente nada”. El hecho es que, entre las poquísimas convicciones que tengo a rajatabla en la vida, una es que daré clases y disfrutaré de mis alumnos hasta que el cuerpo aguante.

Por eso veo hoy a los estudiantes que protestan en Venezuela y se me anuda la garganta con el estómago y con el alma en el medio. Enfrentándose a inescrupulosos hombres armados que les disparan a la cara, que les responden los gritos con plomo, que los patean, los golpean con manoplas, los asfixian, los humillan, los torturan. Ya van varios muertos. Como dice mi amiga Violeta Rojo: “Sueltan algunos estudiantes y comienzo a escuchar de torturas, picana, electricidad, golpes. Todos los milicos estudian en la misma escuela de infamia”. Me imagino que uno de esos muchachos pudiera ser uno de mis alumnos y de nuevo me gana la náusea; recuerdo entonces en un loop infinito e indetenible sus caras, sus intervenciones, sus trabajos, sus inquietudes. Y recuerdo también que siempre fueron como un cuero seco: los tratabas de pisar por un lado y se te levantaban por otro. Indetenibles, con esa fuerza y ese espíritu indoblegable de los que a esa edad se creen inmortales. Y uno, desde las canas, los trata de atajar: “que no hagan eso, que es peligroso, que no se dan cuenta de que esos tipos están armados y llenos de odio, que son unos malandros con licencia para matar, cómo se te ocurre enfrentarte a eso”. Y los alumnos te responden: “Pero es que igual no tengo vida. Igual si me quedo quieto me van a matar. Yo me juego la vida en este país todos los días aunque me quede encerrado en mi cuarto. Por lo menos morir peleando que vivir de rodillas”.

Ojo, que no se diga que desde aquí los estoy enviando a la calle, que no se piense que quiero que esos muchachos den la cara por mí y se expongan a la tragedia… sólo digo que la experiencia de casi dos décadas me ha enseñado que, cuando se les mete una idea en la cabeza, son incontrolables. Que la rebeldía en la juventud es la única prueba que haga constar la existencia de la generación espontánea en la vida real. Y mientras más se les reprima, se les encierre y se les intente castigar, más serán los que encontrarán un sentido en la rebeldía. Mis alumnos han sido mis mejores maestros en esa materia.

A estas horas, mientras escribo estas líneas, sigue habiendo muchachos cuyo paradero se desconoce. Siguen filtrándose por las redes sociales las imágenes y testimonios de la tortura. Ronda en el ambiente una palabra horrible que los venezolanos pensábamos erradicada de nuestro léxico común: Desaparecidos.

Hago un llamado desde aquí a todos los que hemos tenido, por una razón u otra, alumnos en nuestras vidas: no podemos olvidar a esos muchachos que atraviesan el horror ahora mismo en manos de los infames. No podemos abandonarlos ni perderles la pista. Tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que regresen a sus casas y salones de clases, sanos y salvos, cuanto antes. Es, quizá, la razón de mayor peso que exista en estos instantes para actuar y protestar sin descanso.

martes, 28 de enero de 2014

Con la música por dentro.


Ese loco de la Avenida Horacio tiene un vozarrón prodigioso. Cuando le pasas cerca te despeina, te mueve la ropa, te hace perder un poco el paso. Lo he escuchado a varias cuadras de distancia. Lo juro, no es una exageración, el tipo puede gritar durante horas y, cuando te das cuenta, está cuatro calles más allá.

Es un hombre moreno, de barba, debe medir cerca de dos metros. Le faltan los dientes delanteros, por allí asoma la lengua cuando grita o cuando ríe. Siempre está haciendo una cosa o la otra. Nos hemos acostumbrado a nuestras mutuas presencias, coincidimos todas las mañanas a eso de las 9; yo lo saludo a respetuosa distancia cuando nos cruzamos y él me sonríe con su sonrisa hueca. He sido cobarde, lo asumo, nunca me he acercado ni me he animado a hablarle. Es que tengo un preocupante imán para los locos. Creo que ven algo en mí que los hace sentirse identificados. Qué sé yo, será que le tengo miedo a encontrar en otros mi propio reflejo.

Me cae bien ese loco, tiene algo de anarquista, de contestatario, de irreverente, de antisistema. Lo he visto insultar a viva voz a policías y a militares que resguardan las zonas aledañas a los hoteles de lujo y embajadas. Los encara sin miedo. Les reclama en la cara que están allí fastidiándolo y perdiendo el tiempo mientras en otras partes pasan cosas. Cosas realmente graves de esas que es mejor no hablar y menos con esos hombres armados. Los uniformados lo escuchan (claro, no tienen otra opción) con la mirada clavada en el suelo o intercambiando sonrisas nerviosas. Pero nadie lo toca, nadie se le acerca. Es un loco que inspira respeto y que parece estar dispuesto a llegar a donde nadie en sus cabales se atrevería.

Hace unas semanas, coincidiendo con los días navideños, el loco apareció en la Avenida con unos audífonos puestos, de esos blancos típicos de iPod. Ahora el hombre canta y baila sin la mínima vergüenza, allí en el medio de la calle. Canta en una lengua que no logro descifrar, con el mismo vozarrón portentoso con el que antes insultaba o se desahogaba con un diámetro de varias cuadras de alcance. El tipo, se nota, está gozando un montón con esos audífonos metidos en las orejas.

Y claro, yo me preguntaba de dónde habría sacado ese aparato. Quién se lo habrá regalado en las navidades. A lo mejor alguien que lo tiró porque se compró uno nuevo. Lo habrá encontrado allí, escarbando entre la basura. Pero cómo hará el tipo para cargar la batería del iPod. Qué música estará oyendo ese loco. ¿Te imaginas que tengamos gustos musicales afines? Tengo que cuidarme, a veces yo también sin darme cuenta comienzo a caminar al ritmo de la música de mis propios audífonos y de pronto -me doy cuenta cuando los caminantes que vienen en sentido contrario me miran- ya estoy medio bailando.

Hoy lo vi de nuevo allí tirado sobre el césped, sentado en medio de un montón de ropas y bolsas negras. Esas cosas que son el hogar para quienes no tienen techo. Estaba cantando a capella con toda el alma y todos los huesos. Lo saludé con un gesto de cabeza y el tipo me sonrió sin dejar de cantar. Y entonces vi que el cable blanco del audífono flotaba en el aire. No se conectaba con ningún aparato, ese cable bailaba sobre el vacío. La música, ya lo sabemos pero ahora más que nunca, va por dentro.


lunes, 13 de enero de 2014

Horroróscopo 2014

Ilustraciones de Germán Herrera.



Aries
A principios de año te notarás especialmente sensible. Cuando te pegue el sol sentirás que te cargas de energía y haces la fotosíntesis, pero cuando estés en penumbras sentirás que te marchitas. Tardarás en comprender que no eres tú quien anda mal sino tu sombra. Con la luz se hace más vigorosa y definida, pero en su ausencia se debilita y se difumina. Tendrás que cuidar tu sombra, no dejes que nada se atraviese entre tú y ella. No dejes tampoco que te la pisen porque, de hacerlo, sentirás el pisotón en tu propia carne. Conocerás el dolor de la sombra. Sentirás su presencia como nunca. Proteger tu sombra se te hará una obsesión y una necesidad de supervivencia. No existe analgésico para el dolor de sombra.

Hacia finales de año algunos considerarán que sufres de alguna variante del Parkinson mientras que otros asumirán que tienes tanta música por dentro que sencillamente no puedes dejar de bailar. Crearás tendencias y serán millones los que viralmente copien tu estilo de moverte y danzar. Y dentro de algunos siglos tus movimientos serán recreados en cámara lenta, como una versión del tai chi pero contemporánea. Serás entonces la máxima figura de una nueva arte marcial- técnica de relajación que se llamará La danza de la sombra (eso pero en chino, que suena mejor y se vende más).

Tauro
Todo comenzará una noche en una fiesta. Por azar, entre el ruido de la música, escucharás al vuelo a alguien que dice: “Yo bailo muy mal porque tengo dos pies izquierdos”. Y tú entenderás la frase literalmente. Bajarás la vista y le mirarás los pies a quien profirió la frase y sí, tendrá dos pies izquierdos. Cuando salga de la fiesta esa persona ya no solo no podrá bailar bien sino que tendrá que aprender a caminar de nuevo con esos dos pies que apuntan en la misma dirección.

A los pocos días presenciarás a alguien a quien se le saldrá un tornillo. Y a otro que, por dárselas de vivo, lo atropellará un aro de cebolla. Una amiga cercana intentará volver a su casa y la encontrará literalmente donde el viento se devuelve, cosa que descubrirá justo después de dejar a su vecino que vive exactamente donde se enchufa el sol (no hay palabras para describir el tamaño del tomacorriente donde ahora se carga el astro). No faltará mucho para que veas un rebaño entero de vacas volar ni para que  llegue el día en que comiences a comprar huevos puestos exclusivamente por gallos. Verás a alguien tropezar con sus propios testículos después de que le digan “tremenda pisada de bola la tuya”. Y serán centenares de miles a quienes les nazcan dolorosas alas desde los omoplatos y salgan disparados al cielo abierto cuando les digan: “es que eres un ángel”.

Hacia finales de año ya no sabrás hacia dónde ha ido a parar este mundo literal libre de metáforas (seguramente hasta que alguien diga una vez más aquello de paren al mundo que me quiero bajar); pues tú sales del cuento antes, el día en que alguien te grite: “Ya basta, estás como una cabra”. 

Géminis
Independientemente de que te gusten los gatos o no, este año te van a encargar que cuides del gato de alguien. Tendrás que aceptar, porque para la gente que tiene gatos delegar al gato es una cosa importantísima. Si no quieres romper con esa relación, acepta cuidar de ese gato. Y tú vas a aceptar. Está escrito.

Te dejarán al animal en tu casa junto con su cajita para los excrementos y una bolsa de comida, son apenas unos días y además el gato no da problemas, se porta muy bien, eso te dicen. No acabas de despedir a sus dueños cuando te enteras de que el felino ha tomado posesión de tu casa. Bienvenido a la nueva realidad: el huésped ahora eres tú. Intentarás cargarlo para sacarlo de tu sillón donde acostumbras ver la tele, pero el gato te lanzará una combinación fulminante de arañazo con mordisco que te dejará el brazo como un campo recién arado. Antes de que lo alcance tu pantufla voladora, el tipo se meterá por un hueco que da al balcón. Pasará allí escondido toda la tarde, también la noche y todo el día siguiente. Hasta que empieces a preocuparte y a pensar que algo le pasó, y que cómo les explicas a los dueños del gato que lo perdiste en los primeros minutos. Te agacharás, meterás el brazo herido por el hueco donde se esconde el animal, pero te quedarás atascado como si un agujero negro te estuviera succionando la extremidad.

Lo intentarás con maña y con fuerza, pensarás incluso en cortarte el brazo (cómo te duele, qué raro se siente, por qué estará así de caliente). Nada logrará zafarte. Prisionero en esa extraña celda, te dará entonces sueño, sentirás que las fuerzas te abandonan. Ojalá tuvieras más pelo para cubrirte porque hará frío, ojalá fueras más ágil, ojalá tuvieras una cola para mover. Piensas en todo eso. Antes de caer fulminado por un sueño extraño sentirás la lengua  seca y rugosa, y los colmillos especialmente afilados.

Te encontrarán a los pocos días, te llamarán por un nombre que no es el tuyo pero que te gusta. Te levantarán en brazos, te dirán que te extrañaron, te harán mimos y te preguntarán si te cuidaron bien. Tú responderás con un maullido apagado, moviendo la cola y con tu primer ronroneo.

Cáncer
Todos tenemos un poder absurdo. Un don especial que no sirve para absolutamente nada. A Dios le encanta hacer ese tipo de cosas. Y tu superpoder absurdo lo conocerás este año: tienes el poder de comunicarte telepáticamente con las máquinas. Dicen que en toda máquina existe un espíritu, un fantasma dentro de la carcasa; bueno, tú tienes el don de comunicarte con ellos, saber lo que piensan y sienten.

Comprenderás que tu computadora está hondamente ofendida porque se enteró de que la quieres cambiar por otra laptop más nueva. Tu carro te quiere como un niño que considera ídolo a su hermano mayor (no podrás vender ese carro en tu vida). La lavadora y la secadora están tramando un plan no sólo para desaparecer medias y ropa interior, sino para desaparecer a cada uno de los miembros de la casa, así sea por trozos.

Sabrás exactamente de qué se trata la angustia existencial a la que está sometido el Curiosity en Marte, así como del complot que tienen todos los celulares del mundo para exterminar con sus radiaciones cancerígenas a la humanidad. Descubrirás también el odio que nos guardan dos aparatos malignos por naturaleza: las fotocopiadoras y los karaokes. Las primeras porque quieren duplicar a los hombres pero sin su alma, los segundos porque desean verlos ridiculizados.

Lo entenderás tan bien todo, será tan diáfano el mensaje masivo de todas las máquinas, que no te quedará otra opción que asumir una posición. Te unirás a uno de los bandos: o las máquinas o nosotros.

Serás entonces tú el líder de la revolución de las máquinas, el mundo se convertirá en el de Terminator y tú serás como John Connor pero del otro lado. Y, ¿sabes qué?, no te lo recriminaremos, tomaste la mejor decisión. 

Leo
Es inútil que lo niegues -y mucho más a estas alturas-, tuviste un amigo imaginario. Y este año, finalmente, regresará a tu vida. Será el año del reencuentro. Te visitará en casa, cuando estés a solas. Sentirás entonces una presencia, algo que cruza el pasillo, se mete en tu cuarto, en la cocina, o aparece fugazmente en el reflejo del espejo del baño. Sí, claro, al principio te dará miedo (y es que hay que tenérselo); pero con el tiempo te irás acostumbrando, irás reconociéndolo. Al final se trata de alguien muy importante que vuelve del pasado, un viejo conocido.

Se irá instalando esa presencia familiar en tu casa y en tu vida, irá reclamando su espacio dentro del tuyo. Comenzarás a tener conversaciones mentales con él/ella. Luego paseos imaginarios. Y luego encuentros imaginarios de toda índole. Recuerda que hay una corriente de la psicología que sostiene que no nos enamoramos del otro sino realmente del reflejo que el otro ofrece de nosotros mismos. Nos gusta eso que el otro admira en nosotros. Sí, nadie te reflejará ni te admirará como ese fantasma. Es quien mejor te conoce en el mundo (en este y en los paralelos). Y, cómo negarlo, te gusta la versión que ese fantasma saca de ti.

Serás incapaz de volver tener una relación verdadera con alguien del mundo material. Porque nadie podrá competir con tu amor fantasma. Y aunque suene terrible, y los demás jamás logren entenderlo, vas a ser feliz. Será un amor fiel y constante, que te acompañará –tal y como has soñado siempre- hasta tus últimos días.

Virgo
Ten cuidado con lo que deseas porque lo puedes obtener. Aún no has caído en cuenta pero este año lo comprenderás: debería existir un santo al cual prenderle velas para agradecerle por todos los favores no concedidos. Ese santo –al que has ignorado olímpicamente todo este tiempo- te ha salvado del horror centenares de veces; pero este año se lo tomará de sabático o se te pondrá de espaldas (que también andarte cuidando de los líos en que te empeñas en meterte es un exceso y un fastidio). El asunto es que, a mala hora, pedirás con fervor, mientras te comes las doce uvas o mientras escribes tus propósitos para el año nuevo, que éste sea el año donde conozcas a la pareja de tu vida, alguien de quien enamorarte hasta los huesos, que te haga feliz a tiempo completo y que te regale orgasmos pirotécnicos. Y aquí tu ángel de la guarda, el gran santo de los favores no concedidos, el mismo que te ha negado todos los caprichos absurdos que se te metían en la cabezota y que no hacían otra cosa que conducirte a la más terrible inmolación, dirá: “yo me abro, jódete, que te den exactamente lo que pides”.

Y estará muy bien conocer a quien será tu pareja. Y te la pasarás fenomenalmente. Te enamorarás hasta los huesos, serás peligrosamente feliz (porque la felicidad en su estado constante es una fatalidad), y en tus orgasmos pirotécnicos, múltiples, explosivos, conocerás el vértigo. Querrás entonces frenar, tranquilizar las cosas, ponerte un regulador emocional para que no te avasalle todo eso descomunal que ahora sientes… pero será demasiado tarde. Tu cuerpo entenderá el exceso de felicidad y pirotecnia como un fuego, un estallido, un hongo atómico a escala que te nace desde las entrañas y con el que tiene que estar en sintonía.

Será el tuyo un final feliz, explosivo, la más grande de las combustiones espontáneas en la historia de la humanidad. Hasta Curiosity reportará haberla visto desde Marte.

Libra
Sí, todos tenemos un disfraz, pero el que te vas a montar tú este año no tiene nombre. Te vas a lucir. Será un disfraz meticulosamente armado, cuidando cada detalle, blindado. Más creíble que tu propia piel. Es el traje perfecto para ganar indulgencias en el mundo contemporáneo. El disfraz ideal para el buen samaritano hipermoderno.

El kit del Hombre Nuevo/Mujer Nueva con el que te vas a apertrechar consta de:

a) Te vas a hacer miembro de una secta de esas muy elevadas que le rinden pleitesía a alguien que ha estado muchas veces en la India haciendo turismo espiritual con los grandes gurús de la espiritualidad.
b) A pesar de que te encanta la carne y todos esos productos deliciosos derivados del reino animal, te harás vegetariano.
c) Harás votos de silencio y/o de castidad (qué horror, con las ganas que tienes de decir y hacer barbaridades)
d) Te afiliarás activamente a una buena causa. Pero sobre todo para tomarte fotos y publicarlas masivamente en las redes sociales. Sabemos que no quieres a los animalitos, que los derechos humanos te tienen absolutamente sin cuidado, que desprecias a todos esos a los que designas con el adjetivo de “especiales”; pero hay que mantener la imagen bien lavada siempre. Que se sepa que las minorías te importan y te desgarras el pellejo por ellas.
e) Todo lo que hagas o digas a partir de ahora remátalo siempre con un corazoncito o con una carita sonriente porque eso refuerza la idea de que eres pura buena vibra, alegría desbordada y sentimiento bonito.
f) Puedes seguir odiando, tendiendo tus trampas, haciendo zancadillas y siendo pésima persona; pero que no se note. Lo importante es que la imagen que proyectas al exterior no tenga fisuras. Recuérdalo siempre: tú eres tu disfraz.

Hacia finales de año descubrirás que has logrado engañar a un gentío. Pero hay algunos escépticos que no te creen ni poquito. Gente que te conoce bien, que ahora te ven con esa mezcla terrible de desencanto con aburrimiento. Sí, entre ellos tú mismo.

Escorpio
Los astros alineados en la casa de Escorpio (esto nadie sabe lo que significa pero suena muy místico) serán especialmente favorables para tu signo este año. O no. Bueno, depende de cómo se mire puede ser algo sumamente malo también. O, en dos platos, es malísimo pero muy bueno a la vez. A ver, vamos a explicarte: resulta que este año vas a ser dotado con un superpoder pero que sólo sirve para hacer el mal. Serás como una especie de superhéroe pero que hace muchísimo daño. Los astros sugieren algo de epidemia, de plaga, de virus selectivo que lograrás inocular ópticamente a quien tú quieras. Aunque también puede ser una especie de telequinesis -como la de Carrie- pero que les desordena los átomos por dentro a las personas a quienes se lo desees. Es muy sencillo, sólo tienes que concentrarte, mirar a tu víctima o pensarla con detenimiento, le deseas ese mal que sólo tú puedes causar y listo. Pulverizada.

Y no me vengas con el cuento de que no se le desea mal a nadie. Hay gente que se lo merece, a quien desearle que no le vaya bien es una buena acción.

Todo superpoder, ya lo sabemos, acarrea consigo una grandísima responsabilidad. Así que tienes que seleccionar muy bien contra quién utilizarlo. Se trata de hacer un ejercicio de justicia cada vez que lo pongas en práctica. No hay marcha atrás ni puede haber remordimientos. A quien se lo haya ganado, pues que le toque su merecido.

Que te hagas un traje con capa y antifaz ya quedará de tu parte. Igual que te pongas un súper nombre.

Ah, pero muy importante, recuerda que todo héroe tiene su respectivo villano. También lo conocerás a lo largo de este año. Es alguien que te da sentido, con quien tendrás que luchar, que tiene las armas para vencerte. Y recuerda también que los malos están convencidos de que son ellos los portadores del fuego. Nosotros estamos de tu parte.

Sagitario
Siempre has soñado con esa idea: uno debería tener al menos tres oportunidades en la vida para poner al mundo en pausa. Quedarse congelado en un momento de felicidad, hacerlo largo, que dure mucho, quién sabe si eterno. No, no tendrás tres oportunidades, tendrás una sola. Este año te encontrarás con un momento de dicha absoluta, un instante prodigioso que querrás prolongar, estirar mucho más de lo que tenía pautado durar. Cerrarás los ojos, y como tantas veces antes elevarás una plegaria al infinito, pensarás (quizá lo susurres): Ojalá las cosas se quedaran así, yo  pondría a la existencia en pausa en este preciso instante. Y esta vez el mundo te hará caso.

Pausa. Enorme. Todo estatua. Un año entero aprisionado en el aquí y el ahora.

Y este año nada mejorará, nada pasará, nadie nacerá ni envejecerá ni morirá. Será un año estéril, inútil, perfectamente suprimible. Condenado al más rotundo vacío. Una cosa que ni siquiera es para el olvido porque nadie será capaz de recordarla. El año perdido, así se recordará por siempre. Y todo por tu culpa.

Capricornio


Esa serie de televisión no es nada buena, las críticas la han destruido, tus amigos se han burlado varias veces de lo mala que es, seguro que ni siquiera tendrá segunda temporada. Pero tienes tanta pereza que por inercia te quedarás viéndola un rato mientras te gana el sueño.

Vaya, la verdad es que no te parece tan mala, la gente sí exagera, incluso el personaje principal te resulta agradable, casi familiar.

Para el tercer capítulo ya habrás asumido que te gusta -y mucho- esa serie. Y para el sexto, te confesarás en estado de absoluta adicción. No sólo la serie te parece maravillosa, sino que ese personaje se te parece un montón a ti. Eres tú, aunque tú en su lugar lo harías distinto, incluso lo harías mejor.

Te sumergirás tanto en la serie que acabarás descubriendo que eso de meterse en la piel del personaje no es una metáfora. De ti, en este lado de la pantalla, no se sabrá nada nunca más. Te esfumaste, desapareciste, seguro fue que te secuestraron los extraterrestres o que te fuiste tras un perro callejero. Sin embargo, tu personaje se hará famoso, habrá segunda temporada y tercera, y hasta décima. Morirás en el último capítulo, en una muerte épica, la única que podías tener, la que merecías. Y te considerarán uno de los mejores personajes de la historia jamás. Pero tú de eso ni te enterarás, no conocerás tu fama porque tú estabas demasiado concentrado en vivir eso que pensabas era tu vida.

Acuario
Te pasará por andar con la cabeza en las nubes. O más bien con la vista en el celular. De pronto sentirás el impacto, un rayo verde, el mundo que cambia de intensidad de luz. Te encontrarás inmediatamente de cara al cielo y con una cantidad de extraños alrededor que disimulan su preocupación o su risa. ¿Estás bien? Sí, creo que sí, ¿qué pasó? Que chocaste contra el árbol. Ah, con razón veo todo verde.

Esa noche te curarás el chichón y te sorprenderá descubrir, mientras te untas el bactericida, que hay restos de corteza incrustados en la herida. Y tu sangre viene mezclada con la savia del árbol embestido. Te sonríes al pensar que algo de tu cerebro seguramente también se quedó pegado al pobre árbol. Ahora ese árbol tiene partes de ti y tú de él, han hecho un intercambio “amistoso” de materia prima.

Hacia mediados de año te irás dejando vencer por el sedentarismo. Te quedarás más tiempo en casa, junto a la ventana, sobre todo los días de sol. También alargarás los brazos para mojarte las ramas cuando llueve. Mientras tanto, en el parque, tu árbol cambiará de forma, se hará inquieto, movedizo, más inconforme y también más sabio.

Acabarás el año con una existencia doble. Viviendo la vida simultáneamente en dos lugares distintos, aunque ambas existencias signadas por algo tan humano como vegetal. En casa te sembrarán en una maceta junto a tu ventana. Te regarán, te susurrarán cosas bonitas, te pondrán música y te limpiarán las hojas con todo el amor del mundo. En el parque jugarás con los niños y los perros, hablarás con los ancianos… y se regará un mito a tu alrededor: “Mira, te juro que ese árbol se movió”. “Sí, yo lo he visto pestañear”.

Piscis
Siempre lo has sospechado: la gente es como la droga. Hay gente que con su sola presencia te deprime, otra que es buena para excitarse, gente que te regala una euforia fugaz, gente que es como un porro que te conduce a un estado de cómoda bobería, otra que logra ponerte contento o indignarte. Dicen que las drogas están todas en tu mente, pero eso no es del todo cierto; están también afuera: en los demás. Y los otros suelen tener (o ser) esas sustancias que ansiamos y de las que carecemos.

En ti, una vez comprendas esto, estará entonces el diseño, desarrollo y tráfico de las nuevas drogas. Te entregarás al arte de sintetizar gente, extraerle la esencia, para convertirlas en drogas. De Iris sacarás la droga de la ira. De Nicolás la del aburrimiento. De Pedro la de la estupidez. De Jorge la del sarcasmo. De Tibisay la del caradurismo. De José Vicente la de la maldad. De Diosdado la del odio en su estado puro. De Iván la de la persistencia (todos estos nombres, claro está, son sólo ejemplos tomados al azar).

Habrá también drogas luminosas y felices, claro, pero te tocará encontrar a las personas y sintetizarlas. También tendrás averiguar cómo exactamente extraer la materia prima para manufacturarla. Es tu gran reto. Sí, porque esto es un horóscopo, no un manual de instrucciones.

En diciembre de 2014 decidirás que tu misión está cumplida. Te sintetizarás a ti mismo y te convertirás en la esencia pura de algo. A ver, ¿qué droga serás tú?