lunes, 15 de septiembre de 2014

Adolfo Bioy Casares, 100 años.


Adolfo Bioy Casares con Silvina Ocampo y sus perros.

Si tuviera que someterme al cruel y muy personal ejercicio de escoger a cinco grandes escritores de todos los tiempos uno de ellos sería, sin temblores de pulso, Adolfo Bioy Casares. En cuanto a los otros cuatro dudaría un montón.

Suele considerarse a Bioy como una especie de escudero de Borges, otro noble Sancho Panza condenado a acompañar al gran héroe, siempre a su sombra, a prudentes y respetuosos pasos de distancia más atrás; pero quienes piensan así no han leído –o no han sabido leer- a Bioy Casares, pues no se han dado cuenta de que brilla con luz propia. Y para algunos pocos, entre quienes me cuento, Bioy es una estrella que brilla con una frecuencia distinta pero incluso aún más atractiva que la del mismo Borges.

Pienso que en los días que corren, gracias en gran medida a las redes sociales,  se ha detonado masivamente una especie de pedantería lectora. La pantallería y la echonería desbordadas porque se necesita proclamar a los cuatro vientos (los de la cotidianidad y los de la virtualidad también) que uno lee mucho y todo lo que se lee, además, es maravilloso. Humildemente asumiré que mi relación con la literatura no ha sido jamás tan armoniosa ni vibra siempre en las más nobles ondas, muy al contrario, es una relación cargada de bemoles, con sus picos y con sus profundísimos valles, no encuentro todos los meses -ni lejanamente- un grandísimo libro ni un magnífico autor del cual vanagloriarme con escapulario ajeno. Trato de leer todo lo que pueda y siempre con la esperanza de encontrar una gema gloriosa para compartir, pero son relativamente escasos los momentos en los que finalmente me digo: “aquí está, qué dicha enorme, lo encontré”.

Conocí la obra de Bioy Casares gracias a los consejos de Juan Cristóbal Castro, insigne interlocutor para hablar de libros y de música en aquellos días en los que éramos unos chamos de 17 años vestidos con la reglamentaria camisa beige a la que obligaba el uniforme escolar. Yo estaba deslumbrado en aquel entonces con las lecturas heredadas –por vía genética y cultural- de mi padre: Borges (el inevitable), Cortázar (con el sabor que le gusta a los jóvenes), el Vargas Llosa a medio camino entre lo diáfano y lo experimental de La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras, La casa verde o La tía Julia y el escribidor. Pero entonces Choza (que así le decíamos a Juan Cristóbal) me comentó en un recreo entre mordiscos de croissant de queso: “Chamo, Juice (pronúnciese en la lengua de Choza: Yuzzz), tú tienes que leerte a Bioy Casares, a ti te va a encantar esa vaina”. Y le hice caso. Me busqué en la biblioteca de mi viejo algo de Bioy Casares y encontré una cosa perdida en la fila de atrás, la de los libros menos favoritos, llamada La invención de Morel. Debe ser el libro que más he recomendado y regalado en mi vida. Mi alianza con Bioy quedó sellada desde ese momento y nunca más se rompería. Nunca, a pesar de estar consciente de que hay escritos de Bioy que no me gustan y que no he logrado terminar de leer porque no los entiendo o me aburren. No importa, la grandeza de un escritor no tiene que ver para mí con una obra impoluta y libre de desencantos, basta con que me haya regalado tres o cuatro libros entrañables, tres o cuatro picos luminosos que se conecten directamente contigo como lector. Tres o cuatro gemas tan grandes que neutralizan todo lo demás. Bioy me ha dado, en lo personal, por lo menos el doble de esa suma.

Y no sólo le debo a Bioy por su obra literaria que se me antoja tan grande y generosa, sino también por sus memorias compiladas en Descanso de Caminantes. No tengo idea si Bioy las escribió con el objetivo de que fueran publicadas, no sé si más bien las escribió para su propio y estricto desahogo, tal vez como una suerte de diario personal que no estaba destinado a ser compartido con nadie más. Poco me importa, la verdad. Me pasa algo muy curioso con ese libraco enorme de memorias de Adolfo: me gustaron poco o nada cuando las leí hace años pero hoy día las recuerdo y atesoro como una enseñanza de vida. Encontré en ese libro a un hombre profundamente terrenal, tan distinto al autor que veneraba, allí estaba el ser humano decepcionante que habita dentro del artista admirado, algo que te deja con esa sensación –tan común- de “hubiera preferido no llegar conocer a la persona sino quedarme para siempre con la ilusión del autor”. Con el paso de los años me reconcilié con el Bioy de carne y hueso, con el mujeriego, el malcomportado, el amante de los perros, el bon vivant, el antipático de lengua lacerante que soltaba frases crueles que dejaban todo títere acéfalo. Le agradezco a Bioy, aunque quizás no haya sido su intención premeditada, esa desnudez de alma y esa apertura para decir: “así lo pienso y así lo expreso. Y se la calan”. En un mundo tan dado a la pose, a la fórmula y a la hipocresía no es poca cosa semejante gesto.

Y mientras Borges encontraba en las bibliotecas todo lo que necesitaba para ser feliz y regodearse en su indiscutible genialidad, Bioy se asumía como un tipo más carnal, una amalgama de ruidos e incorrecciones mundanas. Necesitaba echarse sus canas al aire, enamorarse, meter la pata, beber, viajar, comer, entregarse a la noche, montar a caballo y compartir con su perro; ciertamente era un monstruo de las ideas también, pero uno que necesitaba vivir primero para luego poder contar. Y mucha de la genialidad presente en los relatos y ensayos borgianos se halla en Bioy Casares pero de una manera más diáfana, más vivencial, menos elevada pero -por lo mismo- más seductora.

Vuelvo entonces a esa imagen de Borges escribiendo y pensando a cuatro manos con su amigo 15 años más joven que él. Borges con su escudero personal, su talentoso pupilo y exclusivísimo caddy al que le diría cosas como: “esto lo vamos a escribir con un Hierro 3, por favor, Adolfito, alcánzamelo y verás el swing magistral que me lanzo, pero tranquilo que esto lo firmamos con el seudónimo de Bustos Domecq”. Borges que en el fondo, muy en el fondo, veía en ese muchacho una posibilidad de vida que bien le hubiera gustado tener y eso le fascinaba y también lo mataba de envidia. Y Adolfo mirando el reloj con nerviosismo, moviendo frenéticamente un pie sobre el vacío, buscando una manera de acomodarse en el mullido sillón de cuero inglés de la sala de Borges pero también desesperado por salir corriendo lo antes posible de allí. “¿Y qué te pasa, Adolfito, no ves que estamos escribiendo una cosa enorme, algo así como un disco compuesto por Lennon y Lou Reed, la sumatoria de dos cerebros inalcanzables (sobre todo el mío, porque Lennon aquí soy yo)?” y Bioy que le suelta al monstruo sin anestesia: “Perdona, pero es que quedé con una mujer increíble y no he comprado el vino ni he paseado al perro; se me hace tarde, mejor seguimos otro día… es que no sabes el mujerón, ojalá y la pudieras ver”.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vuelta por el universo.



Me acabo de enterar de la muerte de Gustavo Cerati. Sí, es cierto que es ley de vida y que son muchos los que se han ido este año (como en todos). También es verdad que esa vida que llevaba Cerati, inconsciente y postrado en una cama clínica desde hace 4 años, no era vida. La razón en estos momentos te dice que era lo justo, lo más sano, lo mejor, que ya descansó, que qué alivio y seguramente estará ahora mismo mucho mejor; pero los duelos –cuando la tristeza pega de verdad– no tienen nada que ver con la razón. Se fue Cerati, y aunque hace mucho que ya estaba ido, el mundo hoy me parece un poco más vacío y un poco menos amable también. He aprendido a respetar el derecho de cada quien a llorar y honrar a sus muertos –independientemente de haberlos conocido en persona o no, eso es potestad de cada quien- así que hoy haré uso de ese derecho: ¡Coño, se murió Cerati y qué tristeza más grande!.

Hace 4 años, cuando Cerati sufrió el ACV después de su concierto en Caracas, escribí un texto, “Gustavo y los nuestros”, con la esperanza de que se recuperara. Había en ese momento una necesidad (una necedad, podría decir) infantil de mi parte: no te vas, Gustavo, aquí te vamos a estar esperando porque tienes que volver, te quedas aquí. Su vuelta por el universo tenía que ser algo provisional, un mientras tanto, una excusa para irse por un rato, reinventarse, componer nuevas letras y nuevas músicas, pero siempre para regresar. No podía haber otro desenlace, me negaba en redondo. Y soñaba con verlo de nuevo subido a la tarima, más viejo, más calvo, igual de flaco pero con más barriga –sí, como todos– y abrir su concierto con un: “Hola, ¿me extraniaron?”.

Claro que te extrañamos, Gustavo, y hoy más que nunca que sabemos ya que no vas a volver.

Ese mismo año en el que Cerati sufrió su apagón nos tocó hacer maletas en casa para venirnos a vivir a México. Y de las primeras cosas que hizo mi esposa fue regalarme una foto de Cerati tomada durante su última visita al D.F. Esa foto me acompaña todos los días, aquí colgada muy cerca del escritorio donde trabajo y escribo. Gustavo es testigo y cómplice de mi día a día. Se me ha hecho un ritual: levanto la cabeza, lo miro, y menos mal que nadie mira ni oye porque hasta le hablo. Es como un pana que me ha acompañado a lo largo de la vida, de una manera u otra ha estado siempre en la película y en el soundtrack de mis días desde los tiempos de la adolescencia.  Creo –miento, estoy seguro– que no he logrado construir una identificación semejante con ninguna otra figura pública jamás. Debe ser también al artista que más he citado y de los que más historias propias (de las que se cuentan y de las que no) me ha regalado.

Yo le debo un montón a ese narizón, y me enorgullece reconocerlo. Porque en este mundo que se acabó pareciendo tan poquito a lo que hubiéramos esperado de él, había un oasis, un refugio, una trinchera para resguardarse y sentirse por fin a gusto y  a salvo: nos quedaba Cerati. Quienes nos conectamos con su obra sabemos bien de lo que hablo.

Así que con grandísima tristeza y acudiendo a la resignación agridulce que se impone en estos momentos me despido: Libre, finalmente, Gustavo, para dar tu vuelta por el universo. Gracias por la música, las letras y todo lo demás. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

El fin del mundo en el fin del mundo.



Ayer vimos The Rover (2014), una demoledora película australiana de David Michôd, el mismo director de Animal Kingdom (2010). La película comienza con unas letras blancas sobre fondo negro que simplemente anuncian: “Australia, 10 años después del colapso”. Y esa es toda la explicación que vamos a tener, a partir de ese instante a nadar y a tratar de convertir cualquier objeto flotante en balsa porque es la única manera de sobrevivir al naufragio en el que nos hemos metido de cabeza. 

Un personaje con el que compartí (hoy pienso que más de la cuenta) durante un tiempo, repetía hasta la obstinación una estupidez que había escuchado y que le parecía muy brillante: Los extraterrestres llegan a Nueva York, a Londres, a París, a Tokio, pero jamás aterrizarán en Caracas. Es decir, bajo esa premisa tan poco feliz, el colapso de la sociedad abordado desde la ficción sólo podría ocurrir en una gran ciudad. En dos platos: somos pequeños los de la periferia hasta para inventarnos las fantasías.

Pero de pronto irrumpe algún osado al que se le ocurre decir: yo voy a hablar de qué pasaría si la nave espacial se posara –nadie sabe por qué- sobre una ciudad sudafricana (District 9 de Neill Blomkamp). O yo voy a contar la historia de los días posteriores al cataclismo pero desde la perspectiva de un papá con su hijo que están deambulando sin rumbo por una carretera perdida en el más absoluto medio de la nada (The Road de Cormac McCarthy). O la de estos australianos –primero los de Mad Max y  ahora los de The Rover- que asumen la distopía pero muchísimo más allá de las zonas de confort de Sidney, Melbourne o Canberra; esto es en la carretera, en medio del desierto, en un punto recóndito del mapa que ni vale la pena mencionar porque igual no te serviría de nada: esto es el fin del mundo en el fin del mundo. Y allí la reflexión se hace especialmente aguda, terriblemente vertiginosa, quizás aún más dolorosa, porque este es el fin del mundo de los lugares (y sus gentes) de los que ni siquiera nos acordábamos cuando aún había mundo.

El fin del mundo en el fin del mundo es un lugar (en lo físico y en lo metafórico) especialmente extraño. No hay asideros, nada se parece ya a lo que debería ser, no hay explicación que valga y tampoco hay que pedirlas/darlas. En el mundo postapocalíptico de The Rover no quedan casi mujeres, las cosas tienen un precio exorbitante y en dólares americanos aunque la moneda sea un papel que no sirve de absolutamente nada, hace mucho calor y todos los hombres andan en camiseta, bermudas y chancletas (con eso basta para enfundar las armas),  la gente habla poco y cuando hablan no dicen nada rescatable, hay todavía militares que intentan poner orden en un caos tal que ya la palabra orden ha perdido más que nunca todo su sentido. Ya lo decían Sartre y Camus: no sabemos lidiar con el absurdo, aunque la existencia es radicalmente absurda; imaginen cuán absurda será cuando la existencia sea entonces la nada.

El protagonista de The Rover, interpretado por Guy Pearce (el mismo de Memento), tiene una única razón y un único asidero para darle sentido a su existencia; pero eso se halla en su auto y se lo han robado unos bandidos.  Está dispuesto a todo, desesperadamente, para dar con ese carro. “Debe ser algo que amas demasiado” le dice en un parlamento una de las únicas dos mujeres que aparecen en la película mientras él le apunta a la cabeza con un arma. Hay que nadar, balsear,  sobrevivir al mundo-naufragio y transitar la carretera estéril junto con él para saber qué diablos es eso que se llevaron en su auto. No seré yo quien les arruine el apocalipsis, vean The Rover y sométanse a la experiencia en carne propia. 

Al final sólo queda una única pregunta, una muy absurda pero a la vez la única provista de sentido cuando ya se ha perdido todo: ¿Y a ti, al final, qué te mantendría siendo humano?



jueves, 21 de agosto de 2014

El affaire lancha.



No tenemos radio y está prohibido salir de la marina sin radio, dijo el Cromañón. ¿Y entonces cómo coño nos vamos a ir de Playa Grande a Camurí en esta lanchita?, dijo Guachi. No importa, lo que importa es que tenemos dos salvavidas, nos tranquilizó el Cromañón. Pana, pero somos tres, dije yo contando con los dedos y mirando los salvavidas que realmente, de servir, servía uno nada más. Tranquilo que ahí nos la arreglamos. Ah, bueno, plomo entonces, prende el motor y vámonos.

Y nos fuimos y el mar estaba picado esa tarde y eran como las cinco y se nos venía la noche encima. Pero ahí íbamos los tres, salpicados por el agua salada que nos rociaba como un aspersor. Saltando en cada estrellada contra la panza de las olas. Sintiendo que el estómago se nos desplazaba medio metro hacia arriba en cada brinco. Y ese frío tan raro que pega en el bajo vientre cuando retas a la gravedad. Pero ya estábamos en alta mar, a la ridícula velocidad de 20 KPH que en nudos quién sabe cuánto es, seguro que algo aún más ridículo que no vas a querer saber.

¿Y cómo a cuánto nos queda Camurí?
Pues como a una hora,  más o menos, no sé, digo yo.

El sol comienza a caer allá al fondo y algo salta sobre el agua, un pez vela o uno aguja.  A esas horas y cuando uno le tiene tantísimo respeto al mar (respeto le llama uno por cobarde al miedo) todos son tiburones blancos. Vamos apenas por el puerto de La Guaira y los cargueros se nos vienen encima, son como dinosaurios marinos, como Moby Dicks de metal oxidado por el salitre, suenan sus sirenas como diciéndonos “apártense, insectos”. El Cromañón apura la marcha pero la velocidad punta de la lancha se empeña en ser aún más ridícula. Guachi disimula, el mentón clavado en el pecho, se está explotando un grano enorme como un huevo frito ahí cerca del ombligo. Yo trato de mirar hacia otro lado y de agarrarme bien pero al tensar los músculos noto que estoy temblando y ojalá el resto de la tripulación no lo haya notado ya.

Esquivamos el primer buque de carga, luego otro más y luego un tercero que parece un barco petrolero, nadie sabe cómo esa vaina flota, debe tener de punta a proa la distancia de El Marqués a Montalbán, y como soy mal nadador lo que estoy calculando es la distancia que nos separa de la costa, la costa que está allá a lo lejos, creo que acabo de ver pasar un carro, un VW escarabajo blanco, aunque puede ser un camión, si es un camión entonces estamos realmente demasiado lejos y no voy a llegar ni de vaina. Ni flotando. Me jodí. Ni nadando perrito.

¿Cuánto falta Cromañón? Como media hora. ¿Media hora?, pero si tenemos una hora ya en esta vaina. Yo creo que Camurí es ya la próxima playa. No, no es, falta un pelo. ¿Guachi tú reconoces qué playa es ésa? No, ni idea.

Somos la única embarcación en decenas de kilómetros a la redonda. Y yo no he escrito un libro, no he tenido hijos, la Nena me cortó hace una semana, sembré un árbol con la ayuda de papá pero resultó un aguacate macho. Vaya mierda todo.

Panas, les tengo una mala noticia, se nos está acabando la gasolina. Bueno, menos mal que no hay perros en el mar porque de haberlos seguro nos mean.

Y en eso reconocemos los edificios de Camurí. Creemos que son los edificios de Camurí. Queremos creerlo. Necesitamos creerlo. Sí, son. Además hay alguien con una toalla blanca que nos hace señales desde la playa.

Marico, ése es tu papá, Guachi.

Llegamos hasta el muelle, amarramos la lancha. Vamos a dejarla aquí, yo luego le pido a mi viejo que mande a alguien a buscarla para llevarla a Playa Grande. No te van a prestar la lancha nunca más en tu vida, güevón. Sí, ya sé. El papá de Guachi viene corriendo hacia nosotros sin soltar la toalla blanca, es como una versión de Centella pero sin lentes y con calva. Guachi se apura en interceptarlo antes de que sus gritos nos alcancen. Nos quedamos el Cromañón y yo viendo la escena a la distancia, como un teatrino con unos títeres muy raros. El papá de Guachi gesticula, amenaza con emprenderla a toallazos contra su hijo. Guachi recibe el regaño sin dejar de tocarse ni mirarse el grano explotado en la barriga.

Recogemos todo con prisa y en silencio. El papá de Guachi nos quiere matar, la mamá ni nos mira, la hermanita tampoco. Nos subimos a la camioneta y nos embutimos los tres -más la hermanita de Guachi- en el asiento de atrás. Esta gente no me va a volver a invitar a la playa en su vida, pienso, mientras el papá de Guachi comienza a regañarnos de una manera muy elegante, tan elegante que no estamos entendiendo ni la mitad. Dice algo de “uno punto dos kilómetros de playa y no, hay que salir a matarse y a retar al destino por el affaire lancha”. Y luego agrega otra vez: “coño, el affaire lancha”. La mamá de Guachi, desde el asiento del copiloto, le da golpecitos en la pierna, cálmate ya, Alberto, que te va a dar algo y no digas esas cosas frente a la niña; pero el señor insiste en “coño de su madre, estos carajitos y el affaire lancha”.

Me dejan en casa, saco mi bolso de la maleta, doy las gracias pero nadie me responde, ya esa camioneta va por el fondo de la calle.

Entro a casa. Mamá está haciendo arepas: cómo te quemaste, seguro que no te pusiste el bloqueador. Papá me mira con sospecha: ¿cómo te fue, chamo? Bien, ahí, normal.


No llego ni al cuarto. Paso derecho a la biblioteca. Ubico entre las repisas al Pequeño Larousse Ilustrado y busco qué coño será eso de “affaire”.

miércoles, 13 de agosto de 2014

La cabeza de Philip K. Dick.




En octubre del año 2005, apurado por tomar la conexión a un vuelo, David Hanson olvidó una maleta en el avión. Dentro de ella viajaba la cabeza de Philip K. Dick.

Cuando Hanson, especialista en robótica de la Universidad de Dallas, estaba apenas recién graduado, inventó una piel sintética sumamente realista a la que bautizó como “Frubber”. Con ese material se había hecho un molde de su propia cabeza y también el de las cabezas de un par de exnovias de los tiempos universitarios. Su más reciente y predilecta creación consistía en la cabeza del escritor Philip K. Dick, fallecido en 1982.

El joven inventor se llevaría su modelo de la cabeza de Dick a una convención de robótica en la Universidad de Memphis y allí ganó la atención de un grupo de investigadores que estaban desarrollando un programa educacional llamado AutoTutor. Decidieron sumar esfuerzos con la convicción de que combinando el Frubber con las habilidades conversacionales del AutoTutor y con motores para simular la expresión de los músculos del rostro, podrían crear el androide más fabuloso jamás: el PKD (iniciales que, obviamente, corresponden a las del famoso autor de ciencia ficción).

En el año 2004 PKD fue sentado en un sofá, vestido con ropas del mismo Philip K. Dick que sus hijos habían cedido para el proyecto. Recrearon una escenografía idéntica al  saloncito de la última casa de la familia Dick e invitaron a un selecto grupo de privilegiados para que se sentaran a conversar con el androide. PKD no sólo hablaba como el escritor sino que literalmente tenía su voz; había sido programado con un software que contenía decenas de entrevistas realizadas al autor antes de su muerte. Si el entrevistador hacía alguna pregunta que ya había sido respondida por Dick, el androide era capaz de reconocerla y responderla tal y como lo había hecho en vida. Y si acaso se trataba de una pregunta fuera de libreto, PKD podía hacer uso de otro software con el que venía equipado para inventarse respuestas creíbles: un sistema llamado “Análisis semántico latente”.

La misma hija de Philip K. Dick se sometió a la experiencia conversatoria con PKD y salió del encuentro confesando: “Es increíble, sentí que realmente estaba hablando de nuevo con papá”.

Por cierto, PKD –durante su fugaz vida pública– fue sometido al test de Turing (utilizado para evaluar a computadoras que se cree gozan de capacidad de pensamiento) y también al Voight-Kampff (creado por Philip K. Dick en su libro “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”). El primero de estos tests había sido criticado duramente por Philip K. Dick pues a su parecer las preguntas evaluaban exclusivamente patrones de inteligencia y para él era importante formular un test más centrado en las emociones características de “lo humano”. La respuesta del escritor al test de Turing fue el Voight Kampff. Pero el pobre PKD  finalmente reprobó ambos.

En el año 2005 Google extendió una invitación a David Hanson para que se acercara a presentarles la famosa cabeza parlante de Dick. Y fue precisamente en ese viaje donde el inventor perdió la maleta que la contenía. Nunca más la pudieron encontrar.

Se dice que la cabeza parlante del androide de Philip K. Dick fue rastreada en dos aeropuertos del estado de Washington antes de perderle la pista. Algunos amigos de la teoría del complot aseguran que está en poder de los organismos de inteligencia rusos. Y otros incluso sostienen que se halla en alguna nación sudamericana (con la cantidad abismal de inhumanos dotados de leves capacidades para el habla y la expresión facial que proliferan en nuestros gobiernos estará difícil identificarla).

En el año 2012 Hanson Robotics anunció la creación de PKD 2.0, un sustituto para el perdido de la maleta, una versión mejorada que ahora cuenta con 36 minimotores faciales más que su antecesor y provisto con un software capaz de hacer sentir al interlocutor que Philip K. Dick sigue entre nosotros más vivo que nunca.



¿Habrá soñado Philip K. Dick con su propio androide? Luego de leer “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” (la biografía escrita por Emmanuel Carrère a partir de sus numerosas y profundas entrevistas con el escritor) uno no tiene otra opción que dejarse invadir por el vértigo. Tiene que ser terrible acabar convencido de que el universo que has creado como autor se está materializando segundo a segundo en la cotidianidad. La paranoia en estado absoluto. Se ha difuminado la frontera entre la realidad y la creación literaria, y ese constructo mental de Philip K. Dick se corporiza de una manera especialmente delirante, esquizoide, paranoide y atroz.  Uno empieza a leer Yo estoy vivo con una risita nerviosa: “qué loco estaba este pana, qué delirio”, pero en la medida en que la lectura avanza es inevitable trastocar la sonrisa por una mueca de angustia en su estado sólido.  Por más que le admiremos y le rindamos culto, nadie realmente quisiera estar en la cabeza de Philip K. Dick.

Ya está, ahora viviremos sabiéndolo: hay una cabeza de Philip K. Dick perdida, dando vueltas por ahí. Revise bien sus maletas y sospeche de esas que se quedaron allí arrumadas junto a la cinta deslizante de los aeropuertos.

Mientras escribía estas líneas juro que sentí un impacto proveniente de la pequeña terraza que tenemos en casa. Me levanté a ver qué era. Una pobre palomita caída del árbol. Se estuvo moviendo entre estertores unos segundos y luego se quedó tiesa. No fui capaz de salvarla en su agonía.

“Caminas por el desierto y te encuentras una tortuga patas arriba sobre su caparazón: ¿qué haces?” es una de las preguntas más famosas del test Voight-Kampff. Sí, me queda claro, lo reprobé.


martes, 5 de agosto de 2014

Las otras lecturas.



Hace unos años asistí a una conferencia en el Centro Rómulo Gallegos donde el escritor Ricardo Piglia hablaba, entre otras cosas, de su autobiografía como lector. Piglia sostenía una teoría tan simple como prodigiosa: los libros que nos marcaron la vida vienen acompañados de la memoria del instante preciso cuando los leímos. Cuándo fue que llegó ese libro a nuestras manos. En qué lugar exacto estábamos mientras lo leíamos. Quiénes éramos en ese preciso momento y qué sentíamos. Somos capaces de recordar minuciosamente hasta la calidad de la luz que nos iluminaba las páginas o la postura corporal que habíamos adoptado mientras estábamos inmersos en la lectura.  La memoria del libro no sólo se circunscribe al libro en sí, sino también al contexto que sirvió de escenografía a nuestra lectura.

Sin embargo, me permito hacer una reflexión complementaria a la de Piglia: no sólo recordamos el libro y con esa memoria viene adjunto el contexto del momento de su lectura, sino que a través de ese libro leemos y recordamos también a quienes nos  lo recomendaron.  El libro entrañable suele venir acompañado de una lectura paralela: la de la persona que nos lo sugirió. Y ese recomendador de lecturas no sólo está presente durante el lapso en el que leemos, sino  que se quedará para siempre instalado y asociado al libro –o al autor- que nos recomendó. Y aunque pase la vida y con ella se lleve por delante a las personas que fuimos y a las que nos rodearon, esa gente recomendadora de libros (sus libros que ahora pasaron a ser los nuestros) nunca desaparece. Nunca del todo.

Siempre he pensado que hay gente que nunca se va, a pesar de que perdamos todo contacto con ellas, porque se quedaron habitando en la música que escuchamos y que indefectiblemente está asociada con su memoria. Algo muy similar ocurre con los libros. Acaso algo aún más poderoso. Porque en ese gesto de “léete esto que me hizo pensar en ti” hay una tercera lectura implícita: la que el recomendador tiene de nosotros. Nos han leído, nos conocen y también nos reconocen en las lecturas que aún no hemos hecho pero que ellos ya intuyen que nos son necesarias.

Hace exactamente diez años, en el verano de 2004, compartía piso con un viejo amigo de la adolescencia que la vida en buena hora quiso llevar a mi casa de la calle Diputación en Barcelona. El día en que mi amigo se fue de esa casa para volver a Venezuela me dejó sobre su cama un libro que durante un año entero de convivencia me estuvo recomendando. Un libro que yo no había querido leer y a cuya recomendación había hecho caso omiso: Plataforma de Michel Houllebecq. Sobre la cubierta del libro estaba pegado un post-it amarillo escrito con el puño y letra de su recomendador, decía simplemente: “Léete esto, es para ti”. Así que finalmente le hice caso. Lo que mi amigo César (alias “el Clutch”) no sabe (nunca se lo dije) es que ese libro significó un golpe de timón en mi vida. No sólo porque implicó un reencuentro con la lectura y el descubrimiento de un autor que en ese momento me marcó la vida, sino porque mientras recorría con fascinación las páginas de Plataforma tomé una decisión: yo tenía que sentarme YA a escribir mi propia novela. No podía esperar más, ni darle más largas, ni sucumbir de nuevo a la cobardía de la procrastinación. Y así lo hice. Me tardé un año en hacerlo. No sé si Experimento a un perfecto extraño, esa novela que acabé escribiendo en gran parte gracias al Clutch, es un buen libro. Estoy consciente de que es una obra imperfecta y plagada de bemoles; pero sí sé que fue el mejor libro que pude escribir en ese momento y de la manera más auténtica que me nació relatar esa historia. No me queda otra opción que esperar el juicio de sus lectores.

Las cosas que escribimos, al final, acaban estando plagadas no sólo de guiños a los autores y obras que nos conforman; están rebosantes también de fantasmas entrañables que a lo mejor no aparecen expresamente en el escrito pero sí son los espíritus que nutren nuestras letras: esa gente de a pie que nos supo leer en sus propias lecturas y se tomaron la molestia de recomendárnoslas personalmente. Allí también, en lo que hacemos o intentamos hacer, se quedaran para siempre habitando y habitándonos.