jueves, 27 de julio de 2017

Un hombre cansado



Ahí va un hombre cansado. Deambula por la calle cansadamente bajo la luz mortecina de las farolas y chapoteando pesadamente sobre los charcos que ha dejado la lluvia. Mira con gesto agotado las manecillas de su viejo reloj, adivina una hora que, ya lo sabe, le parece siempre demasiado tarde. Baja una a una las escaleras del metro mientras piensa en el mediocre con ínfulas que tiene por jefe, en lo extenuado que está de aguantar sus órdenes, sus caprichos, sus necedades, sus gritos, sus humillaciones y sus desplantes, y todo por un sueldo miserable que no alcanza para nada. Entra cansadamente al vagón y cansadamente se cuelga del manoseado tubo, escurridizo como barnizado en aceite, que flanquea las puertas. Con cansancio mira pasar las luces, los túneles, las estaciones, mientras saca cuentas mentalmente, pero qué va, este mes tampoco le alcanzará para reparar la gota que cansinamente cae de la ducha, una y otra y otra vez, y que no lo deja descansar por más que tenga acumulados tantos cansancios después de largas noches sin descanso. El hombre cansado llega finalmente a su estación, cansadamente sube las escaleras que lo llevan hasta la superficie, pesadamente vuelve a deambular por otras calles, sobre otros charcos y bajo la luz de otras farolas mortecinas. Llega hasta su casa y con esa torpeza que otorga el cansancio se pasa largos segundos intentando insertar la llave en la cerradura. Con grandísimo hastío por fin lo logra. Empuja la puerta. Y entonces se topa con una imagen que obra el milagro. Su hija de apenas un año lo recibe al otro lado del umbral. Estira sus bracitos que se proyectan desde sus pequeños hombros hacia el cuello del hombre cansado, y por primera vez en la vida profiere una palabra, una única palabra que logra borrarle todo el cansancio del mundo y hasta le hace sentir que padecerlo ha valido la pena: papá. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que hermoso el descanso del final del dia, del "hombre cansado",C.Casano

Carlos Alberto Pacheco Vera dijo...

El mejor vigorizante, junto al bálsamo de su sonrisa y el tierno calor de su abracito